"Falso Culpable" es un proyecto desarrollado por el Grupo de Investigación en Psicología del Testimonio de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de analizar las principales causas que llevan a que un inocente sea acusado de crímenes que no cometió.

La mayoría de los falsos culpables se deben más a los errores del Sistema que a la intención deliberada de condenar a inocentes.

Según la asociación norteamericana Innocence Project en torno a un 75% de los errores judiciales se deben a fallos en los procedimientos de identificación. Los errores en el reconocimiento de personas en la vida cotidiana son algo completamente usual, que forma parte del funcionamiento normal de nuestros sistemas cognitivos. Sin embargo, pasan a la categoría de problema grave las falsas identificaciones en entornos judiciales.

Los problemas de memoria (falsos recuerdos) de testigos y víctimas son otro de los principales factores que provocan falsas acusaciones.

Un mejor conocimiento de los errores que posibilitan los falsos culpables podría evitar, o al menos minimizar su incidencia.

"Prefiero morir antes que admitir mi culpa"

El preso que falleció tras una huelga de hambre había pedido la revisión de su condena por violar a una niña

JESÚS DUVA - Madrid - 31/07/2011
EL PAÍS.com
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Murió proclamando su inocencia, tras un agónico ayuno de cinco meses. Touhami Handaoui estaba condenado a 16 años de cárcel por robar y violar a una adolescente. "Yo no he hecho eso. Soy inocente", proclamó en el juicio. Hace cinco meses se declaró en huelga de hambre para exigir la revisión de su caso. Y llevó su demanda hasta las últimas consecuencias: falleció el pasado domingo en Teruel. Su protesta desesperada apenas tuvo eco. Muy diferente habría sido de ser el etarra Iñaki de Juana Chaos. Pero él no era más que un albañil marroquí, un don nadie. Touhami, soltero, nacido el 1 de octubre de 1970 en Douar El Tamime (Marruecos), fue detenido en diciembre de 2003. Por pura casualidad. Fue al cuartel de la Guardia Civil de Torrevieja (Alicante) para realizar un trámite relacionado con su coche... y allí mismo fue apresado. Una menor que estaba en el cuartel reconoció su voz y desde el primer momento le acusó de ser el hombre que le había violado.
La menor, deportista de élite pese a su juventud, había sido atacada por un hombre en la urbanización El Limonar de Torrevieja, cerca del restaurante El Mesón. Sobre las nueve y media de la noche, el agresor le abordó por detrás, le tapó la boca y le exigió que le diera una diadema de plata, un teléfono móvil y los cinco euros que llevaba encima. A continuación, forzó a la chiquilla a tocarle los genitales, a la vez que él hacía lo mismo con ella. Con puñetazos y tirones de pelo, esta fue obligada a practicarle una felación. El violador huyó, dejando a la víctima herida y aterrorizada.
La niña describió "con precisión" los rasgos físicos de su agresor, hasta el punto de que la Guardia Civil elaboró un retrato-robot "en el que se aprecia el gran parecido que presenta con las fotografías de Touhami", según recalca el tribunal alicantino que años después le consideró culpable. No solo eso: la violada examinó 500 fotografías y en una de ellas señaló de forma tajante a este hombre como el que había abusado de ella. Cada vez que fue llamada al juzgado, se ratificó. Pese a todo, el acusado fue excarcelado en agosto de 2004 en espera del juicio, que tardó más de cuatro años en llegar. ¿Por qué no aprovechó la ocasión para huir? Probablemente porque estaba convencido de que sería absuelto.
El presidente del tribunal pidió al reo: "Mire a la víctima". Tuvo que ordenárselo varias veces porque él bajaba la cara. Pero la niña, oculta tras un biombo, no dudó un ápice: "Sí. Es él". Por si eso no era suficiente, una vecina declaró que el día de autos había visto al acusado en la zona donde ocurrieron los hechos. Y aún más: un amigo del acusado testificó "con firmeza" que ambos habían estado juntos en un bar de una urbanización próxima a El Limonar, pero que se separaron a las ocho de la tarde. Y más todavía: la adolescente reconoció sin ambages que su agresor llevaba un jersey verde y unas chillonas zapatillas de color azul fluorescente, iguales a las que la Guardia Civil encontró en la casa del sospechoso.
Todo apuntaba en contra de Touhami hasta que surgió una controversia a cuenta de una cazadora que vestía la niña aquella noche. El Instituto Nacional de Toxicología descubrió en esa prenda una manchita de esperma que no correspondía al procesado. La menor explicó entonces que ese día llevaba esa chaqueta porque se la había prestado una amiga. El tribunal consideró "irrelevante" este hecho, agregando que "distinto hubiera sido que la muestra de semen se hubiera obtenido en la boca de la menor". En este supuesto, claro está, las sospechas contra Touhami se habrían desvanecido por completo. Pero no era así.
Durante todo el proceso, Touhami insistió a su abogada, María Teresa Tirado Peláez, que era inocente y apenas le facilitó pistas o datos que sirviesen para desvirtuar las acusaciones del fiscal. El 23 de febrero de 2009, los magistrados sentenciaron al marroquí a 13 años por agresión sexual y a tres años más por robo con violencia, además de tener que resarcir a la víctima con 12.000 euros por daños morales.
El condenado seguía sosteniendo su inocencia y presentó un recurso de casación ante el Tribunal Supremo contra algunos testimonios e insistiendo en la existencia de la cazadora con una pequeña mancha de semen que no era suyo. Creía con terquedad que esa era una prueba que le exculpaba. Sin embargo, el Supremo inadmitió el recurso. Un mazazo. Fin del proceso.
Touhami fue a dar con sus huesos a la prisión de Teruel en mayo del año pasado. "Era un preso de conducta adaptada y normalizada", según su ficha penitenciaria. Jamás recibió ni una visita. El pasado enero, sin embargo, le dio por exigir una revisión de su condena. Se creía víctima de un error judicial. Repetía que su esposa y su hijo le abandonaron por ello. "Prefiero morir antes que admitir mi culpa", repetía. El 21 de enero pasado se declaró en huelga de hambre, con una tenaz determinación de llevarla hasta sus últimas consecuencias. Falleció el pasado domingo. Siguió así el trágico sendero de Albert Panadés Soler, de 45 años, que murió en junio de 2002 tras dos meses sin probar bocado en protesta por no obtener la semilibertad ni la libertad condicional.
Aparte de Hanadoui y Panadés, los únicos reclusos muertos por huelga de hambre en la democracia han sido los supuestos miembros de los GRAPO Juan José Crespo Galende, en 1981, y José Manuel Sevillano, en 1990.