"Falso Culpable" es un proyecto desarrollado por el Grupo de Investigación en Psicología del Testimonio de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de analizar las principales causas que llevan a que un inocente sea acusado de crímenes que no cometió.

La mayoría de los falsos culpables se deben más a los errores del Sistema que a la intención deliberada de condenar a inocentes.

Según la asociación norteamericana Innocence Project en torno a un 75% de los errores judiciales se deben a fallos en los procedimientos de identificación. Los errores en el reconocimiento de personas en la vida cotidiana son algo completamente usual, que forma parte del funcionamiento normal de nuestros sistemas cognitivos. Sin embargo, pasan a la categoría de problema grave las falsas identificaciones en entornos judiciales.

Los problemas de memoria (falsos recuerdos) de testigos y víctimas son otro de los principales factores que provocan falsas acusaciones.

Un mejor conocimiento de los errores que posibilitan los falsos culpables podría evitar, o al menos minimizar su incidencia.

El despropósito que envió a la cárcel a un figurante de una rueda de reconocimiento

 
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ACN Girona - Sábado, 11/01/2020 - 12:36 
 Imagen de archivo de la entrada de los Juzgados de Girona


"Un despropósito difícil de explicar". Así califica una sentencia de la Audiencia de Girona el periplo que ha vivido un hombre que estuvo un mes en prisión después de que la identificaran en una rueda de reconocimiento en la que hizo voluntariamente de figurante y que, a pesar y la prueba "abrumadora" que acreditaba que no participó en una pelea y en una supuesta agresión sexual a la salida de una discoteca de Girona en el 2018, terminó yendo a juicio y enfrentándose a 14 años de prisión.

El tribunal de la sección cuarta subraya que la situación "puede calificarse de kafkiana" y apunta que lo absuelven porque se ha demostrado "positivamente" que esa noche ni siquiera salió de casa. El abogado de la defensa, Carles Monguilod, ha anunciado que estudia la posible vulneración de derechos del encausado por si se puede reclamar algún tipo de responsabilidad.

El tribunal argumenta que el origen de la imputación de este procesado son dos ruedas de reconocimiento "viciadas" y "directamente nulas".

Los hechos se remontan a la madrugada del 19 de agosto. Sobre las cinco y media, los Mossos recibieron el aviso de una pelea en el exterior de una discoteca del centro de Girona.

Cuando los agentes llegaron al lugar, interceptaron y arrestaron a tres sospechosos, todos hermanos. Según fuentes policiales, los detenidos habrían hecho tocamientos a una chica y, después, habrían golpeado a un joven que se había interpuesto para defenderla. Las mismas fuentes indican que el agredido resultó herido y lo tuvieron que trasladar al hospital Josep Trueta de Girona. Los Mossos atribuyen a los arrestados los delitos de lesiones y agresión sexual.
Voluntario

Los detenidos pasaron el día siguiente a disposición del Juzgado de instrucción 2 de Girona en funciones de guardia. Otro hermano de los detenidos fue hasta los Juzgados para interesarse por la situación de los sospechosos. Allí, según recoge la interlocutoria, los Mossos le propusieron que participara como figurante en una rueda de reconocimiento y el joven aceptó.

El problema llegó cuando tanto la chica como su hermano lo reconocieron “sin ningún género de duda” como uno de los agresores. Entonces, los Mossos lo detuvieron. Pese a que en sede judicial el detenido aseguró que aquella noche no había salido de fiesta con sus hermanos y que había estado en casa con su mujer, la titular del Juzgado lo envió a prisión.

La defensa interpuso recurso y la Audiencia de Girona ordenó dejarlo en libertad. Además, la Audiencia de Girona subrayó entonces, en septiembre del 2018, que una rueda de reconocimiento de un sospechoso se tiene que hacer en presencia de abogado, un hecho que no se produjo en el caso de este joven porque participó voluntariamente como figurante. “No solo no estaba asistido por ningún abogado, sino que ni siquiera el procedimiento se dirigía contra él”, señala la Audiencia.

La sentencia de ahora cree que la confusión de las víctimas puede ser lógica porque este procesado se parece mucho a uno de sus hermanos, que sí participó en la pelea. Pero considera que, para el juzgado, la identificación "no debería haber tenido ningún efecto" por "su condición de tercero" y porque no contó con asistencia de abogado.
La sala, "avergonzada"

Pero más allá de estos "gravísimos defectos constructivos de la imputación" que vierten a la nulidad, la Audiencia de Girona también expone que la prueba que acredita que no participó en los hechos es tan contundente que "demuestra su inocencia ". La defensa propuso hasta seis testigos para demostrar que el acusado no salió de casa aquella noche. En el juicio, cuando ya habían declarado cuatro, el presidente del tribunal aseguró que la sala estaba "suficientemente ilustrada" y que no era necesario que testificaran los otros dos.

"La sala, abrumada y casi avergonzada, redujo las declaraciones a cuatro testigos", recoge la sentencia. Todos ellos, aseguraron que el acusado "estuvo en casa con ellos sin salir a ninguna parte".
Penas menores

Los otros tres acusados ​​reconocieron que participaron en una pelea que comenzó en el interior de la discoteca Blow y continuó, después de que el personal de seguridad les echara, cuando los dos grupos volvieron a coincidir frente al edificio de la subdelegación del gobierno en la ciudad. La fiscalía apuntaba que los acusados ​​atacaron primero a la chica del grupo rival: "Los acusados, con ánimo de satisfacer sus deseos libidinosos, puestos de común acuerdo y prevaliéndose de su actuación conjunta, cogieron a la víctima por los brazos mientras le decían: "Mira, ya te tenemos aquí, te lo has buscado". La acusación pública apuntaba que los procesados ​​intentaron subir el vestido a la menor y le llegaron a tocar la zona del pecho, le mordieron en la muñeca derecha y le tocaron en el interior de los muslos y que, después, agredieron al hermano de la chica cuando los intentó parar.

El tribunal, sin embargo, concluye que "no ha quedado acreditado que la intención de los acusados ​​fuera la de contactar sexualmente con ella". Por ello, les absuelve del delito de agresión sexual. Para la pelea, el tribunal condena a dos de los hermanos a pagar multas de 900 euros cada uno y el tercero a abonar una multa de 1.200 euros como autores de dos delitos leves de lesiones. En concepto de responsabilidad civil, deberán indemnizar a la chica y su hermano con 2.709,65. La sentencia no es firme y se puede recurrir.

False confessions aren’t always what they seem


American Psychological Association




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It defies intuition to think innocent people would confess to a crime they did not commit. But, research has shown that everyone has a breaking point. In this episode, Saul Kassin, PhD, talks about the psychology behind false confessions and how law enforcement officials and legislators can take steps to prevent them.

About the expert: Saul Kassin, PhD




Saul Kassin is a distinguished professor of psychology at John Jay College of Criminal Justice in New York. Kassin pioneered the scientific study of false confessions. He has also studied the effect confessions have on judges, juries, lay witnesses, forensic science examiners and the plea bargaining process. His research has been funded by the National Science Foundation.

Kassin is past president of APA’s Division 41, American Psychology-Law Society. In 2017, he received the Distinguished Contributions to Research in Public Policy Award from APA and in 2007, he was awarded an APA Presidential Citation for his work on false confessions. His work has been cited all over the world, including by the U.S. Supreme Court and the Supreme Court of Canada. He has appeared as an analyst on television news shows and in documentaries — most notably, Ken Burns’ 2012 film, The Central Park Five. He has also consulted in numerous high-profile court cases.

Transcript
Audrey Hamilton: Would you ever confess to a crime you didn’t commit? Most people answer that question with a resounding no. Yet, according to the Innocence Project almost 30 percent of wrongful conviction cases overturned by DNA testing involved a false confession. So, why do people seemingly of sound mind, implicate themselves? The answers may surprise you, but they shouldn’t. In this episode we speak with a psychologist about how law enforcement, current policies and our own sense of justice can lead to false confessions. I’m Audrey Hamilton and this is Speaking of Psychology.
Saul Kassin is a distinguished professor of psychology at John Jay College of Criminal Justice. He has pioneered the scientific study of false confessions and his research has been integral in preventing wrongful convictions and understanding why innocent people are targeted for interrogation, why they confess and the effect of this evidence on judges and juries. Welcome, Dr. Kassin. 
Saul Kassin: Thank you. Good to be here.
Audrey Hamilton: Let’s start off the bat with the most obvious question I think people have about false confessions. Why would anyone confess to something they didn’t do? Do we understand the psychology of why this happens, especially in something like a murder investigation?
Saul Kassin: Right. You know, it’s interesting. That is the most interesting first question because when I ask people would that be something that you would ever do the answer is unanimously and strongly is, “no.” Nobody imagines they would ever do it short of having a gun to their head.
The very short answer is that everyone has their breaking point. But it’s a little more complex than that. It turns out there are three types of false confessions and there are three different storylines as to why an individual would confess to something they didn’t do.
One – there is a category of false confessions known as voluntary false confessions. These are cases, and they often happen in high-profile cases that are in the news, where people come out of the woodwork and volunteer confessions to crimes that are in the news that they didn’t commit. Kind of the poster child instance of that in history is when Charles Lindbergh’s infant son was kidnapped in 1932, 200 people volunteered confessions and all of them were false. You see that again in high-profile cases. Sometimes people volunteer confessions because they’re seeking attention. Sometimes they’re looking to actually protect somebody else who is the culprit. And sometimes it reflects some degree of delusion and it reflects on their mental health. Honestly, I don’t see the voluntary false confessions, while they happen and happen with some degree of regularity and always have, I don’t see them as a particular problem for the criminal justice system. I think it’s interesting that when somebody volunteers a confession to police — police typically react with some degree of skepticism. And they ask the question, well. And so they say you’ve committed this murder – prove it. What do you know about the crime? And if the individual who is offering to admit guilt can’t also provide details about the crime that are accurate as known to the police, then the police don’t follow that case. And so those voluntary false confessions don’t tend to enter the criminal justice system as problematic.
The problematic are the next two types. And these are the types of false confessions that arise from police interrogations. These are innocent people who, when asked about the crime, deny any involvement and then they are subject to a process of interrogation and it is a result of that process of interrogation that a confession is produced. So these are categories of police-induced false confessions.
The way in which the two categories differ is the most common form is you bring a person in who denies involvement, who is now subject to a harrowing and relentless interrogation — promises may be made, threats may be made, promises implied, threats implied, stress level is increased, they’re isolated, they’re away from anybody who’s familiar – and essentially, to make a long story short, everybody has a breaking point. And these are cases where individuals are innocent, who know they’re innocent, break down and confess in order to extract themselves from a very bad situation. They do what psychologists have known people to do in stressful decision-making situations, which is they maximize their opportunity to get themselves out of that situation. And as for the long-term consequence, well, I’ll worry about that when the time comes. They’re just not thinking clearly anymore. Classic, recent, historic, I think, example, the Central Park Five. There was a case when five false confessions were produced in a single investigation. And every one of those 14-, 15- and 16-year-old boys who confessed later said, “I knew I didn’t do it. I thought I was helping myself out by cooperating.” And so that is, I think, the most common type of false confession. An innocent person, broken down and the metric of the fact that these are what we call compliant false confessions — that is they confess as an act of compliance, while privately remaining knowledgeable that they are innocent. The metric of that is as soon as the pressure of the situation is lifted, they recant the confession. But it’s too late. It doesn’t matter. Nobody pays attention to, nobody trusts the recantation as much as they do the confession.
The third type of false confession is in some ways, when I first discovered this — we wrote about this — Larry Reitzman and I wrote about this in 1985 — was the most vexing because there wasn’t the psychology in place yet to explain it. We called it internalized false confessions. These are instances where an innocent person denying any involvement is put through a series of interrogation tactics and ultimately comes out not only willing to sign a confession as an act of compliance but they come to internalize the belief in their own guilt. They come to believe they have committed this crime. Now, that is a different type of process and a different story than what happens in the compliant false confessions.
What happens in internalization is this — what’s fascinating about them — I’ve seen about a dozen of them firsthand where we can actually watch the process. And what’s fascinating is the names change, the dates change, the places change, the script is almost always about the same. And the script is this – a subject is brought in who is vulnerable to manipulation. And when I say vulnerable I mean either they are vulnerable dispositionally. They may be mentally, intellectually impaired. They may be young – they may be 12-, 13-, 14-, 16-years-old. They may have been deprived of sleep and therefore rendered vulnerable to manipulation. They may be under so much stress or traumatized because a loved one had just been found murdered and, in fact, they’re being accused of that murder. Whatever it is, they are vulnerable. They are in a stressful state of mind. And as a result of the process of interrogation, they are continuing to deny involvement and then the detective doing the interrogating launches into a series of tactics that shocks most Americans to know is lawful. They start to lie to the suspect about the evidence. So, for example, Marty Tankleff, 17-years-old, young 17-years-old, wakes up one morning in 1990 and he finds lights are on all over the house. He finds that his parents have been bludgeoned. His mother is dead in a pool of blood. He runs to his father’s study and sees him gurgling, still alive but unconscious, also surrounded by blood. He calls the police. The police come. They identify him for no good reason as the suspect. And while his family is off at the emergency room in a hospital with his father. And he wants to be there. He keeps saying he’d like to be with his family. “Not until we’re done here. Not until we’re done here.”  He’s in an agitated, traumatized state. The detectives begins to launch into a series of lies about the evidence.
He says “Marty, you said you had nothing to do with this. How does that explain the fact that your hair was found in your mother’s grasp?”
And, Marty said, and that wasn’t true. Marty said, “Well, I don’t know how that could be possible.”
And then he asked, “It looks like you used the shower this morning.”
And Marty said, “No, I didn’t.”
Because they couldn’t explain there were two bloody murder scenes in this house. And Marty’s clean. They arrive at the scene and he’s clean. They convince him that they did a humidity test on the shower in his bedroom and that it proved that the shower had been used that morning. That was a lie.
So now Marty is starting to wonder what the truth is and he’s getting confused and disoriented. And then the detective gets up and physically leaves the room, leaves Marty in there with his partner. He comes back in and says “Marty, I’ve got good news and bad news. The good news is I just contacted the hospital. Your father has regained consciousness. The bad news is he said you did this.” And that was a lie. And Marty said, “My father never lies. If he said I did this I must have done this.”
That is the pattern that you see. Vulnerable suspect, dispositionally or rendered vulnerable, lied to about the evidence, starting to get confused about reality. In some cases the degree of internalization ends with they no longer can attest to their own innocence. They’re confused. In some cases, it becomes a full blown belief that they committed this crime and a search for the details as to how they did it. And so what happens is they eventually confess by using words like, “I guess I did it,” “I guess I must have done it.” Always that kind of tentative, fragmentary language. And then ultimately they produce a fuller confession filled with the kinds of details that were handed to them through the process of interrogation. So if you’re an observer in court and all you’re hearing is that final statement, there’s no way you can get past it.
And so that third category of false confessions — fascinating — you see it over and over again — again not nearly as prevalent as the compliant false confessions. But, it’s a third story line where the process of interrogation actually converts the beliefs and memories and sometimes they actually confabulate memories of what they did and how they did it.
Audrey Hamilton: What is the most common thing that you see in these interrogations that leads you to believe someone may not be telling the truth or is feeling intimidated? I think you’ve touched a little bit on this already but I’m curious in some more examples how are law enforcement officials contributing to these false confessions?
Saul Kassin: They are contributing mightily to false confessions. And there’s two things I should say about this. First, imagine yourself sitting in a courtroom watching a videotaped confession. So the suspect has been brought to the point of giving a statement and at that point, the videotape recorder is turned on and a statement is given and that statement later is played in court. I can tell you as an empirical matter we’ve done these studies and certainly the wrongful convictions, experiences of people who have been wrongfully convicted will attest. Judges, juries, lay people — they can’t tell the difference between a true confession and a false confession just by watching the confession. I went into a prison outside of Boston with colleagues. We had prisoners on tape confessing to the crimes for which they were incarcerated and then we asked each one to make up a confession to a crime he did not commit. People cannot tell the difference between those two sets of confessions. And the story of every false confession is not just a story of what happened in the police interrogation room. It’s a story of the fact that once that false confession was taken and recanted and the person pled not guilty and went to trial, in every instance, a prosecutor, judge, jury and, typically, an appeals court, believed that false confession.
The second terrible subplot in these cases is not just that the false confession was taken, it’s that all of the safety nets we believe were built into the system fail. People believe false confessions. So, first thing it’s important to know is there’s no way to identify what it is that law enforcement does simply by watching the final statement. That’s why what’s most important and whenever I clamor for reform and other psychologists in this area clamor for reform, the number one rule for reform is, record the entire process.
Audrey Hamilton:  The minute they walk in the door.
Saul Kassin: The minute they walk in. And in fact, I’m sitting here right now in the District of Columbia Metro Police — DC Metro Police went to the system years ago. They’ve got interview rooms set up and as soon as somebody walks into the room the motion activation system turns on the lights and turns on the camera. Simple as that. Every interaction is recorded. It’s the only way that a judge and a jury can make a reasonable determination as to what happened. You can’t know from listening to the final product.
Now, I keep saying judge and jury. The judge, almost always when a confessor recants and goes to trial, the judge ends up having to rule in a pre-trial suppression hearing as to whether or not that confession was voluntary because by law if the judge determines that it was not voluntary then it should not be admissible into evidence and the case is usually closed.
So every judge has to rule on whether the confession was voluntary. Most times confessions are ruled voluntary. They go into trial and then it’s up to the jury to determine whether it’s a credible confession. I don’t know how a judge is competent to determine voluntariness without watching the process. I don’t know how a jury can know whether it’s a good confession without watching the process. And the reason all of this can be so confusing is another empirical fact. When you look at analysis of real, known, proven, false confessions taken right out of the Innocence Project case files…
Audrey Hamilton:  Right, this is the one where they use DNA to…
Saul Kassin: Yes. Right, so these are DNA exonerated men and women who had confessed. So we know now that they are actually innocent and that the confessions were false. When you go back and look at those confessions, 95 percent of them contained facts about the case that were spot on accurate with regard to the crime and that were not in the public domain. Facts that only the perpetrator could have known. The problem is, the police knew those facts too. And somehow, advertently or inadvertently, those facts made their way into the final statement.  
So, imagine a judge or a jury ruling on a confession determining if it is a good confession. They’re not just hearing an admission of guilt, they’re hearing an admission of guilt followed by a full narrative story. This is what I did. This is how I did it. This is who I was with. This is why I did it. This is what I saw and heard along the way.
And then, my colleagues and I also content analyzed some known false confessions. They often contain physical reenactments, hand drawn maps, apologies and expressions of remorse. Corey Wise of the Central Park Five – not only did he admit to taking part in the rape of a jogger, which he had nothing to do with. Embedded in his statement, which was videotaped, was an apology. He said, “this is my first rape and it’s going to be my last. I’m never going to do this again.”
That’s a false confession. That’s the sight and sound of a false confession. There’s no way a judge and a jury can know how to measure that without having heard the process that gave rise to it. Now, thankfully, 25 states require the recording of interrogations. At least in serious felony cases.
Audrey Hamilton: How do you think psychological research can be used to help educate law enforcement on changing the way they conduct interrogations?
Saul Kassin: Fascinating question. There are many ways in which psychologists have exerted influence over practice. One is, it is clear that many of the techniques that have been used —and I should say that there is not one technique for interrogation. There tends to be an American style, confrontational style set of techniques that are shaped around what the law permits and those techniques are confrontational meaning that the goal is to accuse right out of the gate accuse the suspect of having committed the crime. And in fact, the opening salvo of an American style interrogation is an accusation of guilt. And a refusal to accept denials. So, when a subject denies that having any involvement post-accusation typically what the American detective will do is call that person a liar, say no, we know what happened. We want you to tell the truth. And the process then proceeds kind of relentlessly for some degree of time. I should say, the average interrogation lasts for 30 to 60 minutes. But if you look at false confession cases, they’re six hours, eight hours, 10 hours, 14 hours — and so this is this relentless process. 
Now, it starts with an accusation. Eventually what happens is the American interrogator fashions a set of tactics that are designed both to make it stressful to continue to deny and less stressful to continue to confess. 
Audrey Hamilton:  Get it over with. I’m done with this process.
Saul Kassin: Get it over with and along the way not only does the interrogator imply that we have all sorts of evidence against you, most countries do not allow their police to lie about the evidence. It makes the suspect feel overwhelmed as if they have no choice, as if there is an air of inevitability. And so now you’re looking for an expedient way out.
Well, here comes the second set of tactics, which I have collectively used the term minimization to describe it. Minimization is, and you see this in every one of these cases, minimization is you know, I think you’re a good person. I don’t think you intended to do this. I don’t think this is something you went in there intended to do. It’s possible you may have had too much to drink. It’s possible somebody put you up to it. You were under pressure. You were provoked. There are externalizations of blame, moral justification. The implication is, you know what, I don’t think this is such a big deal. So, the crime and the implications of that crime are minimized. It is not a coincidence that every one of the Central Park Five boys and their families who were present, when their interrogations had concluded and they were put under arrest, they were shocked. They all thought they were going home. The most common comment you hear when a microphone is put into the face of an exoneree who had confessed is, “So why did you confess?” The typical thing they say is because they wanted to go home.
I don’t know if you’re familiar with the case of Brendan Dassey from “Making a Murderer,” the Netflix documentary. Dassey was 16-years-old. He gave a confession. Shortly after giving that confession, there is a jaw-dropping moment when he says, “Am I going to get back to school in time? I have a project due.” He had no idea he was going to be under arrest and he’d never go home again. And that tells you what kind of interrogation tactics were used. Minimization tactics are the final way to take a subject who has been broken down, lead to believe there’s no way out. But, if you cooperate with us we think this is no big deal.
Again, as am empirical matter we’ve done these studies. When people hear minimization tactics, the take-home message that they infer when we ask them is leniency. This person will not be treated with a harsh punishment. And so that’s the American-style interrogation.
But there are others. In Europe, there is a sweeping set of reforms. You ask can psychology make change? Psychology has already made change. We have contributed to the fact that 25 states now record interrogations. In Europe, there is a sweeping reform that started in the United Kingdom, started in England. And that reform is to move away from the confrontational style investigation to what they call investigative interviewing, where the goal is to gather information, to figure out what happened – to determine whether or not this person has information. Secondarily, to solve the crime by confession. In England, they went to a new model as a result of some false confession cases in the 1980s. And as a result of reforming their form of – moving from the kind of interrogation that we see in the U.S. to investigative interviewing – they have reported no change in their ability to close cases. No change in their ability to get confessions. And they’re no longer seeing this rash of false confession cases they used to report. Unlike in the United States, there has been a concerted effort to bring psychologists and practitioners together to create this new model. Here, there is a greater amount of resistance to moving in that direction. And that is why, at least as a backup if you can’t reform the process of interrogation, at the very least you can make it transparent so that judges, juries and prosecutors can see what happened. The way everybody saw Brendan Dassey’s interrogation, taken at a time when the state of Wisconsin required the recording of interrogation, there was a public outcry when Netflix showed that documentary because people got to see the process not just the final outcome.
Audrey Hamilton: You’ve also studied quite a bit about why people waive their protections, like Miranda rights, you know, you have the right to remain silent. I’m interested in an experiment you did that was published in the Journal of Law and Human Behavior where you had people pretend they were either guilty or innocent, like a mock theft of $100. Innocent people signed their Miranda waiver twice as often as guilty suspects. Why would they do that? Obviously, this wasn’t a real crime, but what does this tell you about why people agree to talk even if they’re innocent? How can this harm them in actual criminal investigations?
Saul Kassin: Um, this was an important topic. In part, because, I had spent a good amount of time – I occasionally work as a consultant or an expert witness on cases involving false confessions and I talk to those who had given false confessions – and one signal that came through loud and clear, because you know, what they all have in common, is they all gave false confessions. But they have something else in common – they all waived their Miranda rights. We’re handed one means of protecting of ourselves and that is, at any moment, we can clam up and say we want a lawyer. We don’t have to talk. We don’t have to put ourselves through this hideous process. And so I asked them, “Why?” And, it’s fascinating. They all give you exactly the same answer in almost exactly the same words: “Why didn’t you get a lawyer?” “Well, I didn’t need a lawyer.” “Well, why didn’t you need a lawyer?” “Well, I didn’t do anything wrong.” They had this naïve belief in the power of their innocence to prevail.
The idea came to me because there had been data showing that Miranda waiver rates are very high. The police worried in 1966, when the U.S. Supreme Court forced them to read people their rights and get a waiver of those rights before they could interrogate them, they worried that nobody will ever talk to us again. That hasn’t happened. Eighty percent, roughly 75 to 80 percent, of suspects waive their Miranda rights. And that’s a statistic you find in this country and elsewhere where comparable rules are in place. And so you ask yourselves the question, why? And then you look more carefully at those data and you find that people who have never been in trouble before, people who don’t have a history with the criminal justice system and, therefore, people just as a base rate matter more likely to be innocent, are much more likely to waive their rights. So, based on those observations and my conversations with the wrongfully convicted, we brought that into the laboratory. I say this because this is not a mere laboratory phenomenon. The idea for it came from the real world. So, now we bring it into the laboratory and we have people go through the motions of stealing, or not stealing, $100. They know it’s not real. But they are then put into the laboratory interrogation room and confronted with a detective who walks in, introduces himself as Detective McCarthy, has either – we actually vary whether his demeanor is hostile and close-minded, or whether he seems open and willing to hear their story. They are all incentivized to make themselves appear innocent. And, the first thing he does is read them their rights and look to see whether they’re willing to sign the waiver. And, by a large margin of 81 percent to 36 percent, those who had nothing to hide, those whose accounts of their whereabouts of what they did would be truthful, 81 percent of them waived their rights compared to only 36 percent of them who actually had committed the mock crime. And they told us exactly what the wrongfully convicted say, “Well, I didn’t do anything wrong. He’ll see that.”
Two explanations I have for what was happening here and they’re kind of related — one is, people have a belief in a just world. Now, we know that. There is research in psychology on the belief in a just world. People tend to believe that the world is generally a just place. Good things happen to good people, bad things happen to bad people. The fact of the matter is, if I did nothing wrong, that will come out. Justice will figure that out. And the second interesting phenomenon in psychology that I think is informative, is what is called the illusion of transparency. People believe that their truths-telling and their lies are transparent. People believe that when they utter the truth, others will believe them. And that when they lie, others will figure that out. And that illusion of transparency gives comfort to the person who did nothing wrong. So, when you hear the wrongfully convicted talk about why did you waive your rights — and, in fact, in some cases they explain, “The reason I gave in and confessed was, I figured, you know what, they’ll proceed with their investigation and, in the end, they’ll see I did nothing wrong.”
Now this gets to, I think, a very important point that I did not see coming until I had conversations with some of these false confessors and it is a concept that I’ve gone on to call the phenomenology of innocence. An innocent person, you would think that the thing that protects an innocent person is his or her knowledge of his innocence, right? I’ll be damned if I’m going to confess to something I didn’t do! However, innocent people sometimes confess after hours of interrogation, because they’re led to believe there is additional evidence coming. And, when they’re led to believe that there’s additional evidence coming, that belief, in fact, becomes a promise of future exoneration, which paradoxically makes it easier to confess. So, a number of innocent people have confessed just to get out of a bad situation believing when the police do the rest of their investigation, they’ll see this wasn’t me. So, in a funny way, innocence can be your own enemy in that situation. Um and that is the same phenomenon, the same explanation as to why innocent people waive their rights. They’ll look you right in the eye and say, “We’ll I didn’t need a lawyer. I didn’t do anything wrong.”
Audrey Hamilton: I think it’s interesting that you’re studying this and, you were telling me this before we actually started recording, but you think it’s important for psychologists to be out there making people aware.
Saul Kassin: It’s very important. It’s very important. You know, the psychology underlying false confessions is basic. We have a wealth of studies that we’ve done in laboratories, in field settings, in surveys and what not, from the 1980s forward. All of it has been summarized in a white paper that APA Division 41 has produced. All of it is summarized in, now, seven amicus briefs that the APA has submitted to various states courts. But, in a sense, we almost didn’t need that literature to understand the underlying psychology, it is so basic. If you understand the principles of reinforcement, if you understand the way Skinner used to shape rats in a Skinner Box, if you understand the reward contingencies that affect people’s decision-making, if you remember back to Milgram’s obedience experiments, where people were under pressure, step by step, increasingly to violate their conscience — all of that is directly relevant to what happens in an interrogation room. And, so, psychologists, I think, are uniquely poised to help in these matters. And the reason I think raising public awareness is important — I have spent, and others have spent, a lot of years trying to reform the system from the top down. We speak to state legislators. We speak to state innocence commissions. We talk to groups of judges. We try to get the laws changed from the top down. And that has been somewhat successful. But, what has become apparent to me and it has become apparent in some very high profile cases – like the Central Park Five, like Brendan Dassey’s situation – what has become apparent, is that another way to manage this, another way to exert our influence and, I think, help to reform a broken system, is to get involved in raising public awareness.
Again, I think the “Making a Murderer” documentary tells me a lot. Here’s a case where 16-year-old Brendan Dassey, 10 years ago, gives a confession. Now, mind you, the jury got to see the tape, or parts of the tape, of that interrogation but they didn’t get to hear from an expert explaining that tape. And, so he gets convicted. Appeals within the state are exhausted. Everything looks like he’s going to spend the next 25 years to life in prison. Then in December of 2015 the documentary is aired. There is a public outcry. Twenty million people watched the documentary in the first month or so and there is outrage over the treatment of Brendan Dassey and his confession. Within six months, a federal judge overturns his conviction, arguing that the confession was coerced. That judge had his ruling appealed and then a three-judge federal panel affirmed that ruling. Now, Dassey, at the moment we are speaking right now, is still incarcerated in Wisconsin because the prosecutor’s office has appealed those federal decisions and wants to go back and re-try him and has argued that he should remain incarcerated to that point. But the fact of the matter is, Dassey wasn’t going anywhere until public awareness was raised. That is another way, in which, we can make important change. And, I don’t know that there’s another profession as uniquely poised as psychology and, you know what, if we don’t step in to inform the public about what’s happening somebody else will fill that void who is less expert and less informed.
Audrey Hamilton: Well, Dr. Kassin, thank you so much for being here today. It’s been really interesting.
Saul Kassin: My pleasure.
Audrey Hamilton: Thanks for listening. If you would like more information on the topics we discussed or if you would like to hear more episodes, please go to our website. With the American Psychological Association’s Speaking of Psychology, I’m Audrey Hamilton.

El tóxico legado de los lavados de cerebro financiados por la CIA en Canadá



theguardian

En los años 50 y 60, un hospital psiquiátrico de Montreal sometió a sus pacientes a electroshocks, sueño inducido y grandes dosis de LSD
"Algunas de las cosas que hicieron a los pacientes son tan horribles e increíbles que parecen pesadillas", dice la nieta de una de las víctimas
Ashifa Kassam - Toronto

05/05/2018

La artista canadiense Sarah Anne Johnson siempre conoció a grandes rasgos la historia de Velma Orlikow, su abuela materna. Con la esperanza de recibir ayuda para la depresión postparto, Orlikow ingresó en 1956 en el Allan Memorial Institute de Montreal, un renombrado hospital psiquiátrico de Canadá. Pero después de pasar tres años entrando y saliendo de la clínica, su estado había empeorado, en lugar de mejorar, y su personalidad había sufrido grandes cambios.



En esta imagen se puede ver a Johnson con una máscara hecha
a partir de una antigua foto de su abuela mientras intenta preparar
la comida / Foto: cortesía de Sarah Anne Johnson


Tuvieron que pasar más de dos décadas antes de que Johnson y su familia tuvieran una explicación de lo que había ocurrido y fue mucho más extraña de lo que cualquiera de ellos hubiera podido imaginar. En 1977 se descubrió que la CIA había estado financiando el Allan Memorial Institute para desarrollar experimentos de lavado de cerebro y control mental como parte de un proyecto para toda América del Norte conocido como MK Ultra.
La agencia de espionaje estadounidense buscaba mejorar sus conocimientos sobre el lavado de cerebro desde que un grupo de estadounidenses capturados en la guerra de Corea elogiara públicamente al comunismo y denunciara a Estados Unidos. Esa búsqueda llevó a la agencia al norte de la frontera en 1957, donde Ewen Cameron, un psiquiatra de origen escocés, trataba de descubrir si los médicos podían borrar la mente de una persona para introducirle nuevos patrones de comportamiento.
A finales de los 50 y principios de los 60, Orlikow fue una más entre los cientos de pacientes que se convirtieron en víctimas de estos experimentos en Montreal. “Es casi imposible de creer”, dice Sarah Anne Johnson, que tras la muerte de su abuela comenzó a investigar sobre el instituto indagando en los papeles y documentos judiciales sobre Orlikow. "Algunas de las cosas que [Cameron] hizo a sus pacientes son tan horribles e increíbles que parecen pesadillas".
Los pacientes eran sometidos a electroshocks de alto voltaje varias veces al día, les daban medicamentos para dormirlos durante períodos que podían durar meses y les inyectaban enormes dosis de LSD.
Tras reducirlos a un estado infantil (algunas veces, despojándolos de habilidades básicas como la de vestirse o atarse los zapatos), Cameron intentaba reprogramarlos bombardeándolos con mensajes grabados que se repetían durante 16 horas seguidas. Primero, los mensajes negativos sobre sus defectos. Luego, los positivos. En algunos casos se repetían hasta medio millón de veces.
"No podía hacer que sus pacientes los escucharan lo suficiente, así que instaló altavoces en el interior de unos cascos de fútbol americano y los cerró con llave sobre sus cabezas", dijo Johnson. "Como enloquecían hasta golpearse la cabeza contra las paredes, [Cameron] pensó que podría inducirles un coma para ponerles las cintas todo el tiempo que hiciera falta".
Además de los intensos ataques del electroshock, a la abuela de Johnson le inyectaron LSD en 14 ocasiones. "Ella decía que eso le hacía sentir como si sus huesos se derritieran. ‘No lo quiero’, decía, y los médicos y las enfermeras le respondían: 'Eres una mala esposa, eres una mala madre, si quisieras mejorar, harías esto por tu familia, piensa en tu hija’", contó Johnson.
Cuando Orlikow murió, Johnson tenía 13 años. La experiencia de su abuela, y la profunda huella que dejó en su familia, está presente en su obra como artista. "Ya desde una edad muy temprana, yo sabía que mi abuela no era como las otras abuelas", dijo Johnson, de 41 años. "Los nervios y la ira estaban siempre a flor de piel. Si alguien se tropezaba con ella o si estábamos en un restaurante y alguien le derramaba algo encima, explotaba sin más. No le hacía daño a nadie, sólo gritaba y tardaba horas en calmarse".

Buscaban borrar las emociones
Johnson pasó mucho tiempo con su abuela. Solía estar en su casa por las tardes mientras sus padres trabajaban. Las dos se sentaban en el sofá y veían la televisión juntas, rodeadas de montañas de libros y de periódicos. Años más tarde, Johnson comprendió los estragos que los experimentos habían provocado en el cerebro de Orlikow: podría llevarle tres semanas leer un periódico, meses escribir una carta, y años terminar un libro. "Pero siguió intentándolo, intentó ser la misma de siempre y hacer las cosas que antes amaba", dijo Johnson. "Ahora pienso que todos los días en ese sofá ella tenía que enfrentarse a un montón de sus propios fracasos".
Escenas similares ocurrieron a lo largo de todo Canadá cuando los antiguos pacientes del instituto trataron de regresar a sus vidas. Como dice Alison Steel, cuya madre fue internada en 1957, "contaminó a toda la familia". Su madre entró con 33 años porque mostraba signos de depresión tras la pérdida de su primer hijo. "En esa época, el doctor Cameron era considerado un psiquiatra milagroso", dijo Steel. "Se suponía que era maravilloso tratando a personas deprimidas o con problemas de salud mental”.
A Jean, la madre de Steel, le inducían el sueño con productos químicos. Una vez pasó 18 días sin despertar. En otra ocasión, fueron 29 días. La sometían con rondas de electroshocks, le daban inyecciones de drogas experimentales y la acosaban con ataques aparentemente interminables de mensajes grabados. "Dicen que fue una tortura para seres humanos, una tortura humana", dice Steel, que tenía cuatro años cuando hospitalizaron a su madre. "Lo que intentan hacer es borrar tus emociones. Te despojan de tu alma”.
Después de tres meses en la institución, Jean regresó a casa. El tratamiento habían afectado a su memoria y la había dejado en un estado de nerviosismo y ansiedad. "No era capaz de hablarme de la vida y de cosas normales. No era capaz de bromear y reír", dijo Steel. A veces, su madre interrumpía inesperadamente las conversaciones para hacer declaraciones que Steel atribuye a los mensajes grabados. "Ella soltaba algo así como: ‘Debemos hacer lo correcto’", contó Steel.
El psiquiatra detrás de los experimentos, Ewen Cameron, murió en 1967 por un ataque al corazón mientras escalaba una montaña. Pero en las últimas décadas ha habido varios intentos de expacientes y familiares por responsabilizar al Gobierno canadiense y a la CIA.
El Gobierno de Canadá, que había subvencionado la investigación de Cameron desde varias agencias, ofreció en 1992 compensaciones de unos 70.000 euros a 77 expacientes del instituto reducidos a un estado infantil. A cientos de otras personas (entre ellas, la madre de Steel) les denegaron la indemnización. En algunos casos, por considerar que el daño no había sido suficiente.
Steel, que demandó al Gobierno en 2015, llegó a un acuerdo el año pasado por el que recibió 70.000 euros a cambio de firmar un contrato de no divulgación. Según el abogado Alan Stein, representante de varios expacientes y familiares, el acuerdo es uno de los pocos que se han firmado en los últimos años. Sin tener pleno conocimiento del alcance de los experimentos que se llevaron a cabo, el Gobierno canadiense ha dicho que esas compensaciones tienen un carácter puramente humanitario y de compasión. Según Stein, el Gobierno “nunca ha admitido su responsabilidad legal”.
En 1980, la abuela de Johnson y otros ocho expacientes se enfrentaron a la CIA con una demanda colectiva por los seis años en que la agencia financió a Cameron. El desafío legal dejó a su abuela con ansiedad y ataques de pánico, dijo Johnson. "Y entonces ella juntaba, tan difícil como le resultaba, cada pedacito de energía y coraje para afrontarlos". Los demandantes empezaron pidiendo una disculpa pública y un millón de dólares cada uno en daños y perjuicios. En 1988 llegaron a un acuerdo y recibieron poco más de 80.000 dólares por persona.
El arte se convirtió en la herramienta de Johnson para procesar la dolorosa historia familiar. En una serie de 2009 usa a una ardilla para representar a su abuela, después de que Orlikow dijera que las inyecciones de LSD la hacían sentir como una ardilla atrapada en una jaula. Una videoinstalación de 2016 muestra a Johnson con una máscara hecha a partir de una antigua foto de la abuela y tratando de preparar la comida. "Una tarea imposible, teniendo en cuenta que el médico la desmontó y la volvió a juntar", dijo Johnson.
La experiencia de Velma Orlikow en el hospital de Montreal le dejó profundas cicatrices pero su lucha por la justicia es un profundo motivo de orgullo para su nieta. Es esa combinación la que Johnson intenta capturar en una obra de 2009 pintada sobre una imagen de su abuela sonriendo mientras balancea a sus dos nietos en el regazo con las manos convertidas en enredaderas y bucles que envuelven con firmeza a los niños.
"Esas enredaderas son un hecho. No son oscuras. No es algo malo", dijo. "Parece extraño decir esto pero. debido a la terrible experiencia por la que pasó mi abuela y lo de demandar a la CIA después, he crecido sintiéndome parte de una familia que defiende lo que cree. Así que esto forma parte de mí ahora, así es como veo yo el mundo".


Traducido por Francisco de Zárate
 

Liberado el preso que no estaba en España cuando se cometió el delito del que se le acusaba




Raim Memet llevaba en prisión 20 días a pesar de que probó que estaba en Rumanía cuando se produjo un robo





Madrid 
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El Juzgado de Instrucción número 54 de Madrid ha revocado la medida de prisión preventiva que pesaba sobre Raim Memet, el preso del que había informado este periódico que no estaba en España el día en el que se cometió el robo con violencia que se le imputaba.
Memet podrá salir en libertad esta misma tarde, aunque el juzgado le ha impuesto la obligación de comparecer todos los lunes, por lo que no podrá viajar a Rumanía con su familia durante estas Navidades. El procedimiento penal contra él sigue su curso, si bien en este segundo auto la juez ya ha incluido el billete de autobús con su identidad como prueba.
A este rumano de 25 años se le acusaba de robo con violencia. Una mujer a la que habían tirado al suelo y golpeado para quitarle un teléfono móvil durante la noche del 23 de noviembre, en el portal de su casa del centro de Madrid, le había reconocido en los álbumes fotográficos de la policía como su agresor.
Pero Memet no estaba en España ese día. Estaba viajando de Rumanía a España, como acreditan un billete de autobús aportado por una compañía de transporte y las imágenes de seguridad de la estación de Méndez Álvaro, que recogen en imágenes su llegada a Madrid junto a su mujer un día después de la noche en la que se cometió el delito.

¿Por qué ha ido a prisión?

De fondo hay dos problemas. En primer lugar, la importancia judicial que se otorga a los reconocimientos que hacen los testigos y las víctimas de un delito a pesar de sus amplísimos márgenes de error. La psicología del testimonio ha estudiado a fondo los problemas que plantean estas identificaciones como prueba en el proceso penal. Margarita Diges, catedrática de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que los márgenes de error son del 28% cuando el culpable está en la rueda de reconocimiento y del 50% cuando no está. Es decir, la mitad de las veces en las que el culpable no está en la rueda, un inocente es reconocido como delincuente.
Por otro lado está la falta de diligencia de la justicia para, cuando aparecen indicios de que puede haber un inocente en la cárcel, actuar de inmediato. Los patrones en este tipo de casos se repiten sin que se adopte ninguna medida. Cuando la persona además no tiene recursos y ha sido detenida con anterioridad, nadie parece tener prisa por aclarar los hechos.

Identificación sin ningún género de dudas

La víctima del violento robo, de 22 años, había descrito a su agresor como “un varón de 30 años aproximadamente, de tez morena, posiblemente de nacionalidad rumana, calvo y que vestía completamente de negro”, según consta en el primer atestado policial. Cuando fue a poner la denuncia, señaló sin embargo que no era calvo sino “de pelo muy corto y negro, ojos oscuros y piel oscura, entre 1,55 y 1,60”.
Dos días después del robo le mostraron en comisaría una composición con nueve fotografías entre la que estaba Memet. El rumano, sin antecedentes penales, constaba en los álbumes de la policía por tres detenciones previas que por el momento no han acabado en condena. La mujer le reconoció “sin ningún género de dudas ni error posible”.

A pesar de sus amplísimos márgenes de error, a los reconocimientos que hacen los testigos se les otorga una gran importancia judicial
El 9 de diciembre fue detenido. Al día siguiente, el Juzgado de Instrucción número 41 de Madrid dictó el auto de prisión provisional comunicada y sin fianza basada en el reconocimiento de la víctima. El abogado de oficio de Memet, Xabier Etxebarria, aportó la lista de pasajeros del autobús procedente de Rumanía que llegó a Madrid el día 24 a las 12.30, de la empresa Saiz Tours, donde constaban como viajeros Memet, su mujer y un amigo suyo, con sus asientos respectivos. El auto de prisión del juzgado hizo caso omiso del listado; ni menciona su existencia.
El caso pasó después al juzgado número 54. El 14 de diciembre, el abogado de Memet pidió con carácter urgente su puesta en libertad y el sobreseimiento libre del caso sobre la base del listado de viajeros. Se pedía además en este mismo escrito que se oficiara al director de seguridad de la Estación Sur para que entregara al juzgado las imágenes de la llegada del autobús procedente de Rumanía a Méndez Álvaro el 24 de noviembre, en las que aparecen Memet, su mujer y su amigo. Solicitaba también que se pidieran a la empresa de transporte los billetes de autobús adquiridos en Rumanía.

Dos testigos

Al no estar recabadas estas pruebas para la vistilla convocada para el día 19, el letrado intentó, sin éxito, que testificara la esposa de Memet, quien le acompañaba en el viaje, y un trabajador de la ONG Futuro Cierto, Pablo Hernández Román, que puede identificar a Memet y a su mujer en las imágenes de las cámaras de seguridad de la Estación Sur del 24 de noviembre. Ambos testigos esperaban fuera de la sala donde se celebró la vistilla. No se les escuchó.
Hernández conoce bien a este matrimonio, desde hace más de un año. La pareja de rumanos no tiene hogar y viven en la calle. “Nosotros les hacemos un seguimiento, les ayudamos con comida, ropa y mantas, y sabemos cuando se van fuera de Madrid porque dejan de venir a pedir ayuda", explica. "En el caso de Memet, sabíamos que él y la mujer se habían ido a Rumanía y conocíamos el día que regresaban a Madrid. Él no ha podido cometer el delito porque no estaba en España”.

Los patrones en este tipo de casos se repiten sin que se adopte ninguna medida
La magistrada del juzgado 54, en su resolución, respondió que en el listado de pasajeros aparece un Raim Memet, pero ningún número de documento de identidad, por lo que no se puede concluir que el viajero sea ese Raim Memet (ninguna alusión a que iba acompañado de su esposa y de un amigo, lo que también consta en los archivos de Saiz Tours), no argumenta nada sobre la petición de que se oficie a la Estación Sur de autobuses para comprobar las imágenes de las cámaras de seguridad, no dice nada sobre los posibles testigos y resuelve mantener la prisión asegurando que los robos con violencia como el que se está investigando son de los que generan "grave alarma social”.
El abogado interpuso un recurso de reforma ante el juzgado el 20 de diciembre en el que vuelve a pedir que se oficie a Saiz Tours para que envíe el billete de Memet y a la Estación Sur para que aporte las imágenes de las cámaras de seguridad. Al día siguiente, finalmente, el juzgado libró los oficios.
“¿Es posible que Raim Memet supiera al ser detenido que justo en ese autobús viajaba otra persona con su mismo nombre?", se pregunta su letrado, Etxebarria. "No parece que tenga ningún sentido. Aparte de que hay testigos y pruebas claras como las imágenes de la Estación Sur que demuestran sin lugar a dudas que este hombre no estaba en España ese día. Lo que no se entiende es que se tenga a una persona en la cárcel con estos indicios y que nadie tenga prisa por confirmar lo que venimos exponiendo desde el primer día".
La identificación llevada a cabo tras un reconocimiento fotográfico, como en este caso, plantea el problema de que en la rueda de reconocimiento el testigo puede no estar señalando ya a quién recuerda como delincuente, sino al que previamente ha reconocido en esa primera foto.

El maquillaje y la frenolgía como criterios para la identificación preventiva de criminales

Un software juzga a las personas según sus rasgos faciales

La inteligencia artificial resucita la frenología pero lo llama Inferencia automatizada de la criminalidad usando imágenes faciales





Esther Eggers, Reformatorio para mujeres de Long Bay, 1919
Esther Eggers, Reformatorio para mujeres de Long Bay, 1919
No se tienen pruebas de que Marco Valerio Levino, un general romano del siglo III a.C., dijese aquello de "cuando tengas dudas entre dos presuntos criminales, elige al más feo", pero la Universidad de Cornell, en EEUU, hoy le daría la razón.  En 2011 publicaron un estudio que defendía que las personas feas tienen más probabilidades de ir a la cárcel que las guapas. Y ahora, unos investigadores chinos dicen ser capaces de predecir la personalidad de las mujeres con tan solo mirar su fotografía.
La historia salió a la luz en noviembre, pero este es el segundo capítulo. Los científicos de la Universidad de Jiao Tong, en Shangái, mezclaron inteligencia artificial con machine learning y le añadieron un poco de imaginación. El resultado fue un estudio en el que defendieron que las máquinas eran capaces de predecir a un futuro criminal basándose en sus rasgos faciales. Lo llamaron Inferencia automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales Luego fue publicado en arXiv, un portal de la Universidad de Cornell que actúa como filtro preliminar de los trabajos que luego serán aceptados de forma oficial por la escuela.
El nuevo estudio se titula Inferencia automatizada en las impresiones sociopsicológicas del atractivo femenino. También lo han subido a arXiv, y también han utilizado machine learning para desarrollarlo. Los tres investigadores han recopilado la foto de 3.954 mujeres en Baidu (el Google chino) y las han dividido en positivas y negativas.

Este software juzga a las personas según sus rasgos faciales
Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-)
Las fotos "positivas" están asociadas a las búsquedas que contienen palabras como "guapa", "elegante", "tierna", "linda", "dulce" y "cuidada"; mientras que las negativas se relacionan con "pretenciosa", "pomposa", "indiferente" y "coqueta". Para estar seguros de haber elegido los conceptos correctos, los investigadores preguntaron a 22 universitarios chinos si estaban de acuerdo con las etiquetas.
Los dos grupos de imágenes se usaron después para entrenar a una red neuronal convolucional. Estas redes se diferencian de las redes neuronales sencillas en que están especializadas en tratamiento de imágenes y procesamiento del lenguaje, lo que permite a los investigadores codificarlas de manera diferente. La red diferenció entonces 2.000 imágenes como positivas y 1.954 como negativas. "Las dos clases de imágenes reflejan las preferencias estéticas y los juicios de valor que prevalecen entre los varones en la China contemporánea", sostienen.

 

 

A mayor maquillaje menos naturalidad

"La red neuronal es precisa infiriendo percepciones sociopsicológicas de las mujeres atractivas chinas. Esto es bastante importante dado el hecho de que incluso los observadores humanos tuvieron dificultades racionalizando sus percepciones sociopsicológicas de las caras de prueba", continúan. Los 22 universitarios situaron en la categoría negativa a las mujeres que consideraban "poco naturales" y los investigadores analizaron el contraste de las fotografías y la saturación en busca de altos niveles de maquillaje. Y acertaron.
Las fotografías en la categoría positiva tenían de media un 13,84% menos de contraste y casi un 5% menos de saturación del color que las imágenes de la categoría negativa. La red neuronal detectó lo mismo que los hombres y las juzgó de la misma forma que ellos: cuanto más maquillaje, menos natural. Pero los investigadores no pueden explicar qué relación hay entre llevar más maquillaje y ser peor persona. Como la frenología no pudo hacerlo a comienzos del siglo XIX.

Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-)
Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-) 

La frenología dos siglos después

Sabemos que el machine learning puede conseguir que una máquina identifique caras pixeladas, que una IA gane al mejor jugador de Go del mundo o al de StarCraft. Pero los investigadores de la universidad de Jiao Tong no exploran una idea nueva: la frenología ya intentó predecir conductas delictivas y criminales con los rasgos faciales. Fue desterrada poco más tarde por no contar con base científica suficiente, ya que asumía que las variaciones del cráneo humano eran la llave que explicaba los trastornos psíquicos o las enfermedades mentales.
El primer estudio de los chinos en noviembre estaba más cerca de esta pseudociencia que del campo científico. La investigación fue bastante controvertida ya que hubo quien aseguró que carecían de base científica, como el periodista de Quartz, Dave Gershgon. Sin embargo, sí hubo otros que la apoyaron, como Sam Biddle en The Intercept.
Los investigadores enseñaron al sistema 1.856 fotografías de chinos y chinas entre 18 y 55 años, encontrándose según ellos con "algunas características estructurales discriminatorias" que eran determinantes para predecir la criminalidad, como "la curvatura de los labios, la distancia entre los ojos y el ángulo entre la boca y nariz". Para que funcionase, los sujetos de pruebas no podían tener barba ni cicatrices ni ningún otro tipo de marca en sus rostros. 965 fotos correspondían a criminales, y utilizando una red neuronal similar a la del segundo estudio, consiguieron que el algoritmo identificase con éxito al 89,51% de los sujetos.

Inferencia Automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales
Inferencia Automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales