"Falso Culpable" es un proyecto que comenzó en 2009 y está desarrollado por el Grupo de Investigación en Psicología del Testimonio de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de analizar las principales causas que llevan a que un inocente sea acusado de crímenes que no cometió.

La mayoría de los falsos culpables se deben más a los errores del Sistema que a la intención deliberada de condenar a inocentes.

Según la asociación norteamericana Innocence Project en torno a un 75% de los errores judiciales se deben a fallos en los procedimientos de identificación. Los errores en el reconocimiento de personas en la vida cotidiana son algo completamente usual, que forma parte del funcionamiento normal de nuestros sistemas cognitivos. Sin embargo, pasan a la categoría de problema grave las falsas identificaciones en entornos judiciales.

Los problemas de memoria (falsos recuerdos) de testigos y víctimas son otro de los principales factores que provocan falsas acusaciones.

Un mejor conocimiento de los errores que posibilitan los falsos culpables podría evitar, o al menos minimizar su incidencia.

Arrestado y esposado con 8 años

La sistemática vulneración de los Derechos Humanos y el incumplimiento de la Convención de las Personas con Discapacidad en EE.UU.


11 de Agosto de 2020
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La policía de EEUU detiene a un pequeño de 8 años y discapacitado en Cayo Hueso, Florida. Los agentes le obligan a ponerse contra la pared a pesar de su 1,07 metros y 29 kilos de peso para ponerle las esposas. Y todo porque no quiso hacer lo que la maestra le obligaba. Una maestra sustituta que decidió no atender a sus necesidades especiales, según denuncia el abogado de la familia del pequeño.



La azarosa liberación de Kevin Harrington: 17 años en la cárcel por asesinato, ahora exculpado (y confinado)

En 2002 lo acusaron de un crimen que siempre negó. Un juez acaba de retirarle los cargos y se encuentra en un hotel, guardando una cuarentena de 14 días, antes de salir a un mundo que no entiende.

Amanda Mars
Canton (Michigan)
02 may 2020
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Kevin Harrington, este miércoles en su habitación de hotel
en Canton (Michigan), donde pasa cuarentena tras salir de la cárcel.
(FOTO | VIDEO: XAVIER DUSSAQ)

‘Dios se parece a mí’. El lema, en grandes letras negras, cubre la camiseta blanca de Kevin Harrington, un hombre de cuerpo musculado y entusiasmo desconcertante que se mueve por la habitación como un cachorro revoltoso. Abandonó la cárcel el 21 de abril después de más de 17 años entre rejas por un asesinato del que siempre se ha declarado inocente. Un juez desestimó los cargos y la cadena perpetua que cumplía tras concluir que el detective que dirigió la investigación en 2002 había coaccionado a la testigo clave del caso. Ahora, con 37 años, se encuentra en un hotel de carretera de Michigan, guardando 14 días de cuarentena antes de poder salir de veras a un mundo confinado y descompuesto, con la economía rota y las caras cubiertas con mascarillas.

Cuando se le pregunta por lo surreal de esta situación, sin embargo, responde: “Sí… y el Facetime, eso de ver a la gente mientras hablas por teléfono, es muy loco, ¿no cree?”. Facetime, Netflix, Grubhub. Harrington, que tenía 20 años cuando lo detuvieron, habla de estos inventos de la economía digital como creaciones divinas. Poder charlar con alguien que está lejos como si le tuviese delante. Elegir entre miles de películas y series a cualquier hora. Pedir comida de cualquier sitio sin buscar el número teléfono. Ha pasado años viendo y oyendo hablar de todas estas cosas, pero es ahora cuando él mismo tiene un iPhone en la mano que no para de tocar. Lo que no esperaba era otro fenómeno de nombre singular: covid-19.

“Salí y no había nadie en ninguna parte, todo el mundo con la cara tapada, fue… Quería abrazar a mi madre, a mi familia, pero fue muy breve, muy poco cercano, por seguridad, y fue raro. También me sorprendió que la gente está todo el rato mirando su teléfono, pero eso no es por el virus”, cuenta sentado en la cama. En su cómoda reposan varios libros: la Biblia, El pueblo contra O. J. Simpson y un manual de empresas titulado De bueno a genial. Dice que solo ha leído el primero. Que es, junto con trabajarse el cuerpo, básicamente lo que ha hecho durante los “17 años, seis meses, dos días y 35 minutos” que estuvo encerrado o, según sus palabras, “secuestrado”.

A Michael Martin, El Cheeseburger, lo mataron a tiros en algún momento entre la noche del 26 de septiembre y las primeras horas del 27 de 2002. Un chico que repartía folletos de propaganda encontró el cuerpo a las 11 de la mañana cerca de la casa en la que vivía, en Inkster, un suburbio de Detroit. Varón, 45 años, dealer de barrio, herida de bala. Bearia Stewart, una vecina, fue quien llamó a la policía minutos después y quien automáticamente, tras horas de interrogatorio en comisaría, se convirtió en la principal testigo y argumento del caso. Stewart contó que había visto a Harrington y a Clark llegando juntos al porche del Cheeseburger, que lo golpearon y lo arrastraron y, acto seguido, oyó los disparos.

Antes, en la misma sala, la vecina negó 23 veces saber nada de ese asesinato. Las pruebas forenses tampoco revelaron pruebas de los supuestos golpes observados por ella y, tal y como admitió en el cuarto juicio, desde su casa no podía ver el patio del fallecido. Años después, justificó que el detective que la interrogó, Anthony Abdallah, le había “forzado a contar una mentira” amenazando con quitarle a sus hijos. “Yo estaba en ese momento metida en drogas, ahora quiero estar limpia y no sé nada de aquel asesinato”, dijo, según consta en los documentos del caso. La transcripción de su entrevista en comisaría recoge estas palabras del detective: “Cuando antes hables, antes tendrás tu trasero en casa con tus hijos. (...) Si te quedas aquí vamos a llamar a los Servicios Sociales a que recojan a tus hijos porque vas a estar encerrada, ¿vale?”.

Arrestaron a Clark y Harrington unas semanas después. En el primer juicio, en 2003, Bearia Stewart alegó haber perdido la memoria de los hechos y simplemente se leyó su declaración inicial escrita. Ahí empezó la batalla judicial. En el segundo y tercer juicio el jurado quedó dividido. En el cuarto, en 2006, fue declarado culpable de homicidio y condenado a cadena perpetua sin posibilidad de condicional.Kevin Harrington, con su Biblia, este miércoles 28 de abril en su habitación de hotel de Canton (Michigan), unos días después de salir de la cárcel.xavier dussaq

Al abogado Imran Syed el caso le obsesionó desde 2009, cuando aún era estudiante de Derecho en Michigan. “No es muy razonable necesitar cuatro juicios para una condena así. Y no sabemos cómo salió el nombre de Kevin en aquella declaración. Él y George Clark ni siquiera se conocían, ni estaban en la zona cuando ocurrieron los hechos, la vecina conocía el nombre de Clark porque había ido varias veces a casa de Michael Martin, pero Kevin le debía sonar del barrio, es de una familia muy grande”, explica Syed, hoy subdirector de la Clínica de la Inocencia de Michigan, uno de esos equipos legales que han proliferado en los últimos años para tratar de revertir sentencias injustas.

Los tribunales tumbaron cada uno de los recursos y apelaciones de los dos acusados, pero su suerte cambió en 2016, cuando dos nuevos testigos salieron a la luz y señalaron a otro tipo, hoy fallecido, como autor del asesinato. Nicole Williams, que iba a comprarle marihuana al Cheeseburger, vio desde el coche la discusión entre este y Sharrod Miller, así que se alejó y oyó disparos. Kawonn Peeples también vio la discusión entre ambos.

La oficina del fiscal del condado declaró esta semana que los acusados “no recibieron un juicio justo a consecuencia de la conducta del primer detective a cargo” y ha aconsejado al cuerpo de policía que abra una investigación. Su Unidad de Integridad en las Condenas concluyó que existió “un preocupante patrón de comportamiento del detective que incluía la coacción y las amenazas a testigos” y que la presión alegada por Bearia Stewart “es creíble”. Ha desechado la acusación contra ambos y descartado la repetición del juicio, pues el único testigo inculpatorio ya no es tal, aunque no ha concluido en la declaración formal inocencia.

“Estoy formalmente exonerado”, afirma, “quiero disfrutar de la vida”. Los avances en la investigación en ADN y una mayor concienciación en las fiscalías hacia las injusticias del sistema han multiplicado las revisiones de casos y las unidades destinadas a ello. La Unidad que ha liberado a Harrington y Clark lleva ya otras 19 revocaciones. El Estado de Maryland, que en noviembre exoneró a tres hombres tras 36 años de cárcel, ha rectificado en otros seis casos graves desde 2015. Las irregularidades se ceban especialmente en afroamericanos, aunque Detroit es una área metropolitana eminentemente afroamericana.

Harrington va a pelear por una indemnización económica que le ayude a salir adelante. Quiere formar una familia y crear una firma de consultoría para ayudar a personas como él, pues cree que muchos condenados también quedarían libres si contasen con la ayuda adecuada. También se plantea estudiar Derecho y convertirse él mismo en abogado. Y viajar. Habla con una energía que desborda. No parece consciente de que su país vive su crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial, con niveles de paro que se acercan a los de la Gran Depresión y que el mundo se ha puesto aún más cuesta arriba.

“Es muy difícil decir cómo va a estar”, afirma su abogado, Imran Syed, “lleva muy pocos días fuera y está eufórico, me preocupa la adaptación durante los meses después, cuando se enfrente a las primeras dificultades, cómo abrirse una cuenta bancaria, conseguir un trabajo…”. Harrington define la pandemia, que ha matado ya a más de 65.000 personas en EE UU, como “un matón de colegio” al que no teme en absoluto. “Ya he peleado 17 años con la muerte”.

Este martes deja la cuarentena y asoma al mundo.

Los falsos culpables de España: la prueba que puede llevar a un inocente a la cárcel


Un tribunal de Gerona ha absuelto a un hombre que fue encarcelado tras presentarse de forma voluntaria a una rueda de reconocimiento en la que el sospechoso era otro

Héctor G. Barnés


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19/01/2020



Foto: iStock

Terminar en la cárcel por un crimen que uno no ha cometido es posible, pues al fin y al cabo, la justicia la imparten los falibles hombres. Que uno dé con sus huesos en prisión después de haber accedido voluntariamente a participar en una rueda de reconocimiento como un mero figurante, resulta mucho más difícil. Pero también es posible.
Es lo que le ocurrió a un vecino gerundense en el verano de 2018. La pasada semana, la Audiencia de Girona calificó de "despropósito difícil de explicar" y "kafkiana" la sucesión de acontecimientos que condujo al hombre desde una rueda de reconocimiento a pasar un mes en prisión y, de ahí, a una larga lucha por su inocencia. Como ha relatado la prensa catalana, el tribunal ha concluido con su absolución tras demostrar positivamente que ni siquiera había salido de casa la noche de los hechos.
Cada vez hay más evidencias de que la memoria de los testigos es poco fiable, pero aun así la prueba sigue teniendo un gran peso
El falso culpable terminó en la cárcel después de que una chica y un joven, que habían denunciado a tres sospechosos por lesiones y agresión sexual en una pelea a la salida de una discoteca, lo identificasen en una rueda "sin ningún género de duda". Así que fue detenido por los Mossos y enviado a prisión por la titular del juzgado, sin la asistencia de un abogado. Al fin y al cabo, él simplemente se encontraba en la comisaría para visitar a sus hermanos, los verdaderos sospechosos, cuando los Mossos le propusieron participar como figurante en la rueda.
La fiabilidad de las pruebas de identificación es uno de los grandes debates en el mundo legal desde hace décadas, tanto en lo que respecta a su realización como a su peso legal. La ONG estadounidense Innocence Project calculó que la identificación errónea estaba detrás de más de 70% de los errores judiciales. Pero la situación no ha cambiado mucho desde que Alfred Hitchcock mandase a la cárcel a Henry Fonda en 'Falso culpable' por una identificación incorrecta de los testigos.

Kafka en Girona

El principal problema, en este caso, cae por su propio peso: que el obligado parecido entre el sospechoso y el señuelo se debiese, simple y llanamente, a que eran hermanos. "El sospechoso y los figurantes deben tener una apariencia similar y encajar con la descripción que se ha dado, y el hermano probablemente contaba con esa característica", explica el profesor Antonio Manzanero de la Universidad Complutense, experto en Psicología del Testimonio y responsable del Proyecto Falso Culpable. "En ese sentido no está mal, pero claro, la probabilidad de señalar al hermano se incrementa".
Entrada principal de la Audiencia de Girona. (Google Maps)
Entrada principal de la Audiencia de Girona. (Google Maps)

El testimonio durante la rueda de reconocimiento terminó imponiéndose a otros factores. En el juicio, celebrado a finales del año pasado, hasta cuatro testigos llegaron a demostrar la coartada del falso culpable. "Es llamativo que se dé preferencia a la rueda, y nos lo hemos encontrado en muchos casos de falsos culpables, incluso en aquellos en los que hay prueba de ADN", coincide Manzanero, que señala otra serie de ángulos muertos en el relato que pueden haber condicionado el resultado final.
¿Qué instrucciones se dieron a los testigos? ¿Se les hizo pensar que el autor estaba presente, lo que condiciona la elección? ¿Había varios sospechosos en la misma rueda, o una por cada uno de ellos? ¿En qué estado se encontraban cuando se produjo la agresión, que tuvo lugar de madrugada? Si el hermano estaba en la comisaría para visitar a sus familiares, ¿es posible que las víctimas lo viesen en la sala de espera?
De ser afirmativa esta última pregunta, sería un ejemplo de "transferencia inconsciente" como el de la fascinante historia del experto en memoria Donald Thomson. El psicólogo fue detenido un buen día después de que una mujer lo identificase como su violador. La coartada de Thomson era inmejorable: en el momento en el que la víctima estaba siendo agredida, él estaba dando una entrevista en televisión, precisamente, sobre la distorsión en la memoria. Era el programa que estaba viendo la mujer cuando el violador entró en su casa, lo que la había conducido a intercambiar en su mente la identidad del agresor con la del hombre que salía en televisión.
La relación entre esas dos variables, seguridad y exactitud, es escasa, por lo que no puede tratarse de la única prueba condenatoria
Un problema adicional, coinciden los expertos, es que la vigente Ley de Enjuiciamiento Criminal (artículos 369-372) resulta vaga respecto a las características concretas en las que debe realizarse la rueda de reconocimiento, como recuerda Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid y autora de 'Testigos, sospechosos y recuerdos falsos'. Aunque no quiere pronunciarse sobre el caso sin conocerlo en profundidad, recuerda que el resto de figurantes de la rueda no deben tener nada que ver con el asunto y no puede ponerse en duda su inocencia respecto a ese caso concreto.
La clave se encuentra en la confusión entre seguridad y exactitud. Es decir, por mucho que el denunciante puede estar seguro que determinada persona es el agresor, es posible que sea falso. "Lo que el juez o el tribunal utilizan es la seguridad que manifiesta el testigo en su identificación para inferir su exactitud", explica Diges. "Eso estaría bien si hubiera una correlación entre esas dos variables. Lo que sucede es que la relación entre esas dos variables, seguridad y exactitud, es escasa. De hecho, la seguridad no permite predecir la exactitud ni en la mitad de los casos".
La solución, que la identificación no se emplee en ningún caso como prueba única condenatoria, "debido a la cantidad de errores a los que llevaría". Sin embargo, es complicado convencer a la justicia de que se trata de una prueba poco fiable, a pesar de las evidencias científicas, añade la profesora.

En 'Falso culpable', de Alfred Hitchcock, el personaje interpretado por Henry Fonda era confundido con un atracador de bancos en una rueda de reconocimiento
En 'Falso culpable', de Alfred Hitchcock, el personaje interpretado
por Henry Fonda era confundido con un atracador
de bancos en una rueda de reconocimiento

Esta realizó un curioso experimento durante una escuela de verano en Mariñán (La Coruña): una prueba de identificación con los jueces asistentes sobre una cara vista en una película mostrada dos horas antes. "Aunque apenas acertó un diez por ciento de los asistentes, su seguridad era indistinguible de la seguridad de los que se equivocaban", explica. "Cuántos de ellos se quedan con la idea de la dificultad de la tarea y de la cantidad de errores que se cometen, y de que la seguridad no nos permite hablar de exactitud, creo que serán muy pocos".

Nuestras víctimas autóctonas

En 1984, Marino de la A. fue identificado por un mendigo como el hombre que había asesinado a Aureliano M. delante de su mujer y dos hijas. El signo inconfundible, su cara picada de viruela. Aunque las huellas no coincidían con las suyas y tenía coartada, terminó en la cárcel tras una rueda de reconocimiento en la que fue reconocido por siete testigos. Tres meses después, una huella dactilar permitió encontrar al verdadero asesino, Florencio A.
Raúl S. fue reconocido por siete personas como el agresor sexual. Sin embargo, tras su detención, las violaciones se siguieron produciendo
En mayo de 1992, un adolescente de Alcorcón llamado Raúl S. fue identificado "sin ningún género de duda" por algunas de las víctimas del conocido como "violador del ascensor de Alcorcón", algo ratificado en posteriores ruedas de reconocimiento. Tras su detención, las violaciones se siguieron produciendo. Ocurrió lo mismo con otro adolescente de 15 años detenido en octubre de 1992. No fue hasta medio año y cinco violaciones después que se arrestó a un tercer sospechoso, que confesó su culpabilidad. Raúl pasó 10 meses en prisión hasta que se demostró su inocencia.
Estos son dos de los ejemplos que, a falta de estadísticas oficiales, Manzanero recogía en su libro 'Memoria de testigos: obtención y valoración de la prueba testifical', en el que mostraba cómo los recuerdos mantienen una relación peculiar con la realidad. Es más común de lo que pensamos que, incluso cuando las pruebas muestran que alguien es inocente, este tarde mucho tiempo en ser liberado.

¿Qué hacemos entonces?

La pregunta del millón. Como recuerda Manzanero, a pesar de sus defectos, la identificación es una prueba de la que no se puede prescindir por completo, ya que a menudo "no hay más remedio". "Hay que cumplir con el requisito de poner nombres y apellidos al autor, y a veces no hay rastro biológico ni cámara que nos indique que es él, por lo que hay que recurrir a los testigos", explica.
Los participantes deben mantener algún parecido con la descripción del sospechoso. (iStock)
Los participantes deben mantener algún parecido con la descripción del sospechoso. (iStock)
 
El profesor publicó en su libro 'Psicología del testimonio' hasta 39 normas para dirigir e interpretar las ruedas de reconocimiento, entre las que se encontraban cuestiones básicas como que no exista ningún contacto entre testigo y sospechoso en el período de tiempo entre la comisión del delito y la identificación, no considerarla en ningún caso como la única evidencia de culpabilidad o recordar que el valor probatorio de la identificación no aumenta con la identificación positiva de varios testigos.
Como añade Diges, un problema habitual en España es que la policía realiza las ruedas sin control externo, algo que solo se produce durante la fase judicial. "Como no está ningún abogado ni se graba nada, no sabemos las instrucciones que se dan al testigo, ni si las fotografías que se acompañan al sospechoso se parecen a este en los rasgos que el testigo ha proporcionado del agresor, ni tampoco si se les escapa inadvertidamente alguna señal sobre quién es el sospechoso", explica.
Un anteproyecto de Ley de Enjuiciamiento Criminal estuvo a punto en 2011 de presentar una guía más detallada, pero quedó en agua de borrajas
En 2011, recuerda Diges, estuvo a punto de aprobarse un anteproyecto de Ley de Enjuiciamiento Criminal que quedó en agua de borrajas por la disolución de las cortes en la que sí se presentaba una guía detallada para llevar a cabo "ruedas de forma infinitamente más adecuadas", además de exigir más pruebas aparte de la de identificación. En este caso sí se recogía el número de personas (al menos cinco), los requisitos de participación o la grabación del reconocimiento.
"Ahí se perdió la gran oportunidad para emplear la prueba de forma infinitamente más fiable y con menos riesgo de cometer errores", concluye la autora de 'Los falsos recuerdos'. "No olvidemos que el error aquí es doble: mandar a la cárcel a un inocente, y dejar libre al culpable".

El despropósito que envió a la cárcel a un figurante de una rueda de reconocimiento

 
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ACN Girona - Sábado, 11/01/2020 - 12:36 
 Imagen de archivo de la entrada de los Juzgados de Girona


"Un despropósito difícil de explicar". Así califica una sentencia de la Audiencia de Girona el periplo que ha vivido un hombre que estuvo un mes en prisión después de que la identificaran en una rueda de reconocimiento en la que hizo voluntariamente de figurante y que, a pesar y la prueba "abrumadora" que acreditaba que no participó en una pelea y en una supuesta agresión sexual a la salida de una discoteca de Girona en el 2018, terminó yendo a juicio y enfrentándose a 14 años de prisión.

El tribunal de la sección cuarta subraya que la situación "puede calificarse de kafkiana" y apunta que lo absuelven porque se ha demostrado "positivamente" que esa noche ni siquiera salió de casa. El abogado de la defensa, Carles Monguilod, ha anunciado que estudia la posible vulneración de derechos del encausado por si se puede reclamar algún tipo de responsabilidad.

El tribunal argumenta que el origen de la imputación de este procesado son dos ruedas de reconocimiento "viciadas" y "directamente nulas".

Los hechos se remontan a la madrugada del 19 de agosto. Sobre las cinco y media, los Mossos recibieron el aviso de una pelea en el exterior de una discoteca del centro de Girona.

Cuando los agentes llegaron al lugar, interceptaron y arrestaron a tres sospechosos, todos hermanos. Según fuentes policiales, los detenidos habrían hecho tocamientos a una chica y, después, habrían golpeado a un joven que se había interpuesto para defenderla. Las mismas fuentes indican que el agredido resultó herido y lo tuvieron que trasladar al hospital Josep Trueta de Girona. Los Mossos atribuyen a los arrestados los delitos de lesiones y agresión sexual.
Voluntario

Los detenidos pasaron el día siguiente a disposición del Juzgado de instrucción 2 de Girona en funciones de guardia. Otro hermano de los detenidos fue hasta los Juzgados para interesarse por la situación de los sospechosos. Allí, según recoge la interlocutoria, los Mossos le propusieron que participara como figurante en una rueda de reconocimiento y el joven aceptó.

El problema llegó cuando tanto la chica como su hermano lo reconocieron “sin ningún género de duda” como uno de los agresores. Entonces, los Mossos lo detuvieron. Pese a que en sede judicial el detenido aseguró que aquella noche no había salido de fiesta con sus hermanos y que había estado en casa con su mujer, la titular del Juzgado lo envió a prisión.

La defensa interpuso recurso y la Audiencia de Girona ordenó dejarlo en libertad. Además, la Audiencia de Girona subrayó entonces, en septiembre del 2018, que una rueda de reconocimiento de un sospechoso se tiene que hacer en presencia de abogado, un hecho que no se produjo en el caso de este joven porque participó voluntariamente como figurante. “No solo no estaba asistido por ningún abogado, sino que ni siquiera el procedimiento se dirigía contra él”, señala la Audiencia.

La sentencia de ahora cree que la confusión de las víctimas puede ser lógica porque este procesado se parece mucho a uno de sus hermanos, que sí participó en la pelea. Pero considera que, para el juzgado, la identificación "no debería haber tenido ningún efecto" por "su condición de tercero" y porque no contó con asistencia de abogado.
La sala, "avergonzada"

Pero más allá de estos "gravísimos defectos constructivos de la imputación" que vierten a la nulidad, la Audiencia de Girona también expone que la prueba que acredita que no participó en los hechos es tan contundente que "demuestra su inocencia ". La defensa propuso hasta seis testigos para demostrar que el acusado no salió de casa aquella noche. En el juicio, cuando ya habían declarado cuatro, el presidente del tribunal aseguró que la sala estaba "suficientemente ilustrada" y que no era necesario que testificaran los otros dos.

"La sala, abrumada y casi avergonzada, redujo las declaraciones a cuatro testigos", recoge la sentencia. Todos ellos, aseguraron que el acusado "estuvo en casa con ellos sin salir a ninguna parte".
Penas menores

Los otros tres acusados ​​reconocieron que participaron en una pelea que comenzó en el interior de la discoteca Blow y continuó, después de que el personal de seguridad les echara, cuando los dos grupos volvieron a coincidir frente al edificio de la subdelegación del gobierno en la ciudad. La fiscalía apuntaba que los acusados ​​atacaron primero a la chica del grupo rival: "Los acusados, con ánimo de satisfacer sus deseos libidinosos, puestos de común acuerdo y prevaliéndose de su actuación conjunta, cogieron a la víctima por los brazos mientras le decían: "Mira, ya te tenemos aquí, te lo has buscado". La acusación pública apuntaba que los procesados ​​intentaron subir el vestido a la menor y le llegaron a tocar la zona del pecho, le mordieron en la muñeca derecha y le tocaron en el interior de los muslos y que, después, agredieron al hermano de la chica cuando los intentó parar.

El tribunal, sin embargo, concluye que "no ha quedado acreditado que la intención de los acusados ​​fuera la de contactar sexualmente con ella". Por ello, les absuelve del delito de agresión sexual. Para la pelea, el tribunal condena a dos de los hermanos a pagar multas de 900 euros cada uno y el tercero a abonar una multa de 1.200 euros como autores de dos delitos leves de lesiones. En concepto de responsabilidad civil, deberán indemnizar a la chica y su hermano con 2.709,65. La sentencia no es firme y se puede recurrir.

False confessions aren’t always what they seem


American Psychological Association




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It defies intuition to think innocent people would confess to a crime they did not commit. But, research has shown that everyone has a breaking point. In this episode, Saul Kassin, PhD, talks about the psychology behind false confessions and how law enforcement officials and legislators can take steps to prevent them.

About the expert: Saul Kassin, PhD




Saul Kassin is a distinguished professor of psychology at John Jay College of Criminal Justice in New York. Kassin pioneered the scientific study of false confessions. He has also studied the effect confessions have on judges, juries, lay witnesses, forensic science examiners and the plea bargaining process. His research has been funded by the National Science Foundation.

Kassin is past president of APA’s Division 41, American Psychology-Law Society. In 2017, he received the Distinguished Contributions to Research in Public Policy Award from APA and in 2007, he was awarded an APA Presidential Citation for his work on false confessions. His work has been cited all over the world, including by the U.S. Supreme Court and the Supreme Court of Canada. He has appeared as an analyst on television news shows and in documentaries — most notably, Ken Burns’ 2012 film, The Central Park Five. He has also consulted in numerous high-profile court cases.

Transcript
Audrey Hamilton: Would you ever confess to a crime you didn’t commit? Most people answer that question with a resounding no. Yet, according to the Innocence Project almost 30 percent of wrongful conviction cases overturned by DNA testing involved a false confession. So, why do people seemingly of sound mind, implicate themselves? The answers may surprise you, but they shouldn’t. In this episode we speak with a psychologist about how law enforcement, current policies and our own sense of justice can lead to false confessions. I’m Audrey Hamilton and this is Speaking of Psychology.
Saul Kassin is a distinguished professor of psychology at John Jay College of Criminal Justice. He has pioneered the scientific study of false confessions and his research has been integral in preventing wrongful convictions and understanding why innocent people are targeted for interrogation, why they confess and the effect of this evidence on judges and juries. Welcome, Dr. Kassin. 
Saul Kassin: Thank you. Good to be here.
Audrey Hamilton: Let’s start off the bat with the most obvious question I think people have about false confessions. Why would anyone confess to something they didn’t do? Do we understand the psychology of why this happens, especially in something like a murder investigation?
Saul Kassin: Right. You know, it’s interesting. That is the most interesting first question because when I ask people would that be something that you would ever do the answer is unanimously and strongly is, “no.” Nobody imagines they would ever do it short of having a gun to their head.
The very short answer is that everyone has their breaking point. But it’s a little more complex than that. It turns out there are three types of false confessions and there are three different storylines as to why an individual would confess to something they didn’t do.
One – there is a category of false confessions known as voluntary false confessions. These are cases, and they often happen in high-profile cases that are in the news, where people come out of the woodwork and volunteer confessions to crimes that are in the news that they didn’t commit. Kind of the poster child instance of that in history is when Charles Lindbergh’s infant son was kidnapped in 1932, 200 people volunteered confessions and all of them were false. You see that again in high-profile cases. Sometimes people volunteer confessions because they’re seeking attention. Sometimes they’re looking to actually protect somebody else who is the culprit. And sometimes it reflects some degree of delusion and it reflects on their mental health. Honestly, I don’t see the voluntary false confessions, while they happen and happen with some degree of regularity and always have, I don’t see them as a particular problem for the criminal justice system. I think it’s interesting that when somebody volunteers a confession to police — police typically react with some degree of skepticism. And they ask the question, well. And so they say you’ve committed this murder – prove it. What do you know about the crime? And if the individual who is offering to admit guilt can’t also provide details about the crime that are accurate as known to the police, then the police don’t follow that case. And so those voluntary false confessions don’t tend to enter the criminal justice system as problematic.
The problematic are the next two types. And these are the types of false confessions that arise from police interrogations. These are innocent people who, when asked about the crime, deny any involvement and then they are subject to a process of interrogation and it is a result of that process of interrogation that a confession is produced. So these are categories of police-induced false confessions.
The way in which the two categories differ is the most common form is you bring a person in who denies involvement, who is now subject to a harrowing and relentless interrogation — promises may be made, threats may be made, promises implied, threats implied, stress level is increased, they’re isolated, they’re away from anybody who’s familiar – and essentially, to make a long story short, everybody has a breaking point. And these are cases where individuals are innocent, who know they’re innocent, break down and confess in order to extract themselves from a very bad situation. They do what psychologists have known people to do in stressful decision-making situations, which is they maximize their opportunity to get themselves out of that situation. And as for the long-term consequence, well, I’ll worry about that when the time comes. They’re just not thinking clearly anymore. Classic, recent, historic, I think, example, the Central Park Five. There was a case when five false confessions were produced in a single investigation. And every one of those 14-, 15- and 16-year-old boys who confessed later said, “I knew I didn’t do it. I thought I was helping myself out by cooperating.” And so that is, I think, the most common type of false confession. An innocent person, broken down and the metric of the fact that these are what we call compliant false confessions — that is they confess as an act of compliance, while privately remaining knowledgeable that they are innocent. The metric of that is as soon as the pressure of the situation is lifted, they recant the confession. But it’s too late. It doesn’t matter. Nobody pays attention to, nobody trusts the recantation as much as they do the confession.
The third type of false confession is in some ways, when I first discovered this — we wrote about this — Larry Reitzman and I wrote about this in 1985 — was the most vexing because there wasn’t the psychology in place yet to explain it. We called it internalized false confessions. These are instances where an innocent person denying any involvement is put through a series of interrogation tactics and ultimately comes out not only willing to sign a confession as an act of compliance but they come to internalize the belief in their own guilt. They come to believe they have committed this crime. Now, that is a different type of process and a different story than what happens in the compliant false confessions.
What happens in internalization is this — what’s fascinating about them — I’ve seen about a dozen of them firsthand where we can actually watch the process. And what’s fascinating is the names change, the dates change, the places change, the script is almost always about the same. And the script is this – a subject is brought in who is vulnerable to manipulation. And when I say vulnerable I mean either they are vulnerable dispositionally. They may be mentally, intellectually impaired. They may be young – they may be 12-, 13-, 14-, 16-years-old. They may have been deprived of sleep and therefore rendered vulnerable to manipulation. They may be under so much stress or traumatized because a loved one had just been found murdered and, in fact, they’re being accused of that murder. Whatever it is, they are vulnerable. They are in a stressful state of mind. And as a result of the process of interrogation, they are continuing to deny involvement and then the detective doing the interrogating launches into a series of tactics that shocks most Americans to know is lawful. They start to lie to the suspect about the evidence. So, for example, Marty Tankleff, 17-years-old, young 17-years-old, wakes up one morning in 1990 and he finds lights are on all over the house. He finds that his parents have been bludgeoned. His mother is dead in a pool of blood. He runs to his father’s study and sees him gurgling, still alive but unconscious, also surrounded by blood. He calls the police. The police come. They identify him for no good reason as the suspect. And while his family is off at the emergency room in a hospital with his father. And he wants to be there. He keeps saying he’d like to be with his family. “Not until we’re done here. Not until we’re done here.”  He’s in an agitated, traumatized state. The detectives begins to launch into a series of lies about the evidence.
He says “Marty, you said you had nothing to do with this. How does that explain the fact that your hair was found in your mother’s grasp?”
And, Marty said, and that wasn’t true. Marty said, “Well, I don’t know how that could be possible.”
And then he asked, “It looks like you used the shower this morning.”
And Marty said, “No, I didn’t.”
Because they couldn’t explain there were two bloody murder scenes in this house. And Marty’s clean. They arrive at the scene and he’s clean. They convince him that they did a humidity test on the shower in his bedroom and that it proved that the shower had been used that morning. That was a lie.
So now Marty is starting to wonder what the truth is and he’s getting confused and disoriented. And then the detective gets up and physically leaves the room, leaves Marty in there with his partner. He comes back in and says “Marty, I’ve got good news and bad news. The good news is I just contacted the hospital. Your father has regained consciousness. The bad news is he said you did this.” And that was a lie. And Marty said, “My father never lies. If he said I did this I must have done this.”
That is the pattern that you see. Vulnerable suspect, dispositionally or rendered vulnerable, lied to about the evidence, starting to get confused about reality. In some cases the degree of internalization ends with they no longer can attest to their own innocence. They’re confused. In some cases, it becomes a full blown belief that they committed this crime and a search for the details as to how they did it. And so what happens is they eventually confess by using words like, “I guess I did it,” “I guess I must have done it.” Always that kind of tentative, fragmentary language. And then ultimately they produce a fuller confession filled with the kinds of details that were handed to them through the process of interrogation. So if you’re an observer in court and all you’re hearing is that final statement, there’s no way you can get past it.
And so that third category of false confessions — fascinating — you see it over and over again — again not nearly as prevalent as the compliant false confessions. But, it’s a third story line where the process of interrogation actually converts the beliefs and memories and sometimes they actually confabulate memories of what they did and how they did it.
Audrey Hamilton: What is the most common thing that you see in these interrogations that leads you to believe someone may not be telling the truth or is feeling intimidated? I think you’ve touched a little bit on this already but I’m curious in some more examples how are law enforcement officials contributing to these false confessions?
Saul Kassin: They are contributing mightily to false confessions. And there’s two things I should say about this. First, imagine yourself sitting in a courtroom watching a videotaped confession. So the suspect has been brought to the point of giving a statement and at that point, the videotape recorder is turned on and a statement is given and that statement later is played in court. I can tell you as an empirical matter we’ve done these studies and certainly the wrongful convictions, experiences of people who have been wrongfully convicted will attest. Judges, juries, lay people — they can’t tell the difference between a true confession and a false confession just by watching the confession. I went into a prison outside of Boston with colleagues. We had prisoners on tape confessing to the crimes for which they were incarcerated and then we asked each one to make up a confession to a crime he did not commit. People cannot tell the difference between those two sets of confessions. And the story of every false confession is not just a story of what happened in the police interrogation room. It’s a story of the fact that once that false confession was taken and recanted and the person pled not guilty and went to trial, in every instance, a prosecutor, judge, jury and, typically, an appeals court, believed that false confession.
The second terrible subplot in these cases is not just that the false confession was taken, it’s that all of the safety nets we believe were built into the system fail. People believe false confessions. So, first thing it’s important to know is there’s no way to identify what it is that law enforcement does simply by watching the final statement. That’s why what’s most important and whenever I clamor for reform and other psychologists in this area clamor for reform, the number one rule for reform is, record the entire process.
Audrey Hamilton:  The minute they walk in the door.
Saul Kassin: The minute they walk in. And in fact, I’m sitting here right now in the District of Columbia Metro Police — DC Metro Police went to the system years ago. They’ve got interview rooms set up and as soon as somebody walks into the room the motion activation system turns on the lights and turns on the camera. Simple as that. Every interaction is recorded. It’s the only way that a judge and a jury can make a reasonable determination as to what happened. You can’t know from listening to the final product.
Now, I keep saying judge and jury. The judge, almost always when a confessor recants and goes to trial, the judge ends up having to rule in a pre-trial suppression hearing as to whether or not that confession was voluntary because by law if the judge determines that it was not voluntary then it should not be admissible into evidence and the case is usually closed.
So every judge has to rule on whether the confession was voluntary. Most times confessions are ruled voluntary. They go into trial and then it’s up to the jury to determine whether it’s a credible confession. I don’t know how a judge is competent to determine voluntariness without watching the process. I don’t know how a jury can know whether it’s a good confession without watching the process. And the reason all of this can be so confusing is another empirical fact. When you look at analysis of real, known, proven, false confessions taken right out of the Innocence Project case files…
Audrey Hamilton:  Right, this is the one where they use DNA to…
Saul Kassin: Yes. Right, so these are DNA exonerated men and women who had confessed. So we know now that they are actually innocent and that the confessions were false. When you go back and look at those confessions, 95 percent of them contained facts about the case that were spot on accurate with regard to the crime and that were not in the public domain. Facts that only the perpetrator could have known. The problem is, the police knew those facts too. And somehow, advertently or inadvertently, those facts made their way into the final statement.  
So, imagine a judge or a jury ruling on a confession determining if it is a good confession. They’re not just hearing an admission of guilt, they’re hearing an admission of guilt followed by a full narrative story. This is what I did. This is how I did it. This is who I was with. This is why I did it. This is what I saw and heard along the way.
And then, my colleagues and I also content analyzed some known false confessions. They often contain physical reenactments, hand drawn maps, apologies and expressions of remorse. Corey Wise of the Central Park Five – not only did he admit to taking part in the rape of a jogger, which he had nothing to do with. Embedded in his statement, which was videotaped, was an apology. He said, “this is my first rape and it’s going to be my last. I’m never going to do this again.”
That’s a false confession. That’s the sight and sound of a false confession. There’s no way a judge and a jury can know how to measure that without having heard the process that gave rise to it. Now, thankfully, 25 states require the recording of interrogations. At least in serious felony cases.
Audrey Hamilton: How do you think psychological research can be used to help educate law enforcement on changing the way they conduct interrogations?
Saul Kassin: Fascinating question. There are many ways in which psychologists have exerted influence over practice. One is, it is clear that many of the techniques that have been used —and I should say that there is not one technique for interrogation. There tends to be an American style, confrontational style set of techniques that are shaped around what the law permits and those techniques are confrontational meaning that the goal is to accuse right out of the gate accuse the suspect of having committed the crime. And in fact, the opening salvo of an American style interrogation is an accusation of guilt. And a refusal to accept denials. So, when a subject denies that having any involvement post-accusation typically what the American detective will do is call that person a liar, say no, we know what happened. We want you to tell the truth. And the process then proceeds kind of relentlessly for some degree of time. I should say, the average interrogation lasts for 30 to 60 minutes. But if you look at false confession cases, they’re six hours, eight hours, 10 hours, 14 hours — and so this is this relentless process. 
Now, it starts with an accusation. Eventually what happens is the American interrogator fashions a set of tactics that are designed both to make it stressful to continue to deny and less stressful to continue to confess. 
Audrey Hamilton:  Get it over with. I’m done with this process.
Saul Kassin: Get it over with and along the way not only does the interrogator imply that we have all sorts of evidence against you, most countries do not allow their police to lie about the evidence. It makes the suspect feel overwhelmed as if they have no choice, as if there is an air of inevitability. And so now you’re looking for an expedient way out.
Well, here comes the second set of tactics, which I have collectively used the term minimization to describe it. Minimization is, and you see this in every one of these cases, minimization is you know, I think you’re a good person. I don’t think you intended to do this. I don’t think this is something you went in there intended to do. It’s possible you may have had too much to drink. It’s possible somebody put you up to it. You were under pressure. You were provoked. There are externalizations of blame, moral justification. The implication is, you know what, I don’t think this is such a big deal. So, the crime and the implications of that crime are minimized. It is not a coincidence that every one of the Central Park Five boys and their families who were present, when their interrogations had concluded and they were put under arrest, they were shocked. They all thought they were going home. The most common comment you hear when a microphone is put into the face of an exoneree who had confessed is, “So why did you confess?” The typical thing they say is because they wanted to go home.
I don’t know if you’re familiar with the case of Brendan Dassey from “Making a Murderer,” the Netflix documentary. Dassey was 16-years-old. He gave a confession. Shortly after giving that confession, there is a jaw-dropping moment when he says, “Am I going to get back to school in time? I have a project due.” He had no idea he was going to be under arrest and he’d never go home again. And that tells you what kind of interrogation tactics were used. Minimization tactics are the final way to take a subject who has been broken down, lead to believe there’s no way out. But, if you cooperate with us we think this is no big deal.
Again, as am empirical matter we’ve done these studies. When people hear minimization tactics, the take-home message that they infer when we ask them is leniency. This person will not be treated with a harsh punishment. And so that’s the American-style interrogation.
But there are others. In Europe, there is a sweeping set of reforms. You ask can psychology make change? Psychology has already made change. We have contributed to the fact that 25 states now record interrogations. In Europe, there is a sweeping reform that started in the United Kingdom, started in England. And that reform is to move away from the confrontational style investigation to what they call investigative interviewing, where the goal is to gather information, to figure out what happened – to determine whether or not this person has information. Secondarily, to solve the crime by confession. In England, they went to a new model as a result of some false confession cases in the 1980s. And as a result of reforming their form of – moving from the kind of interrogation that we see in the U.S. to investigative interviewing – they have reported no change in their ability to close cases. No change in their ability to get confessions. And they’re no longer seeing this rash of false confession cases they used to report. Unlike in the United States, there has been a concerted effort to bring psychologists and practitioners together to create this new model. Here, there is a greater amount of resistance to moving in that direction. And that is why, at least as a backup if you can’t reform the process of interrogation, at the very least you can make it transparent so that judges, juries and prosecutors can see what happened. The way everybody saw Brendan Dassey’s interrogation, taken at a time when the state of Wisconsin required the recording of interrogation, there was a public outcry when Netflix showed that documentary because people got to see the process not just the final outcome.
Audrey Hamilton: You’ve also studied quite a bit about why people waive their protections, like Miranda rights, you know, you have the right to remain silent. I’m interested in an experiment you did that was published in the Journal of Law and Human Behavior where you had people pretend they were either guilty or innocent, like a mock theft of $100. Innocent people signed their Miranda waiver twice as often as guilty suspects. Why would they do that? Obviously, this wasn’t a real crime, but what does this tell you about why people agree to talk even if they’re innocent? How can this harm them in actual criminal investigations?
Saul Kassin: Um, this was an important topic. In part, because, I had spent a good amount of time – I occasionally work as a consultant or an expert witness on cases involving false confessions and I talk to those who had given false confessions – and one signal that came through loud and clear, because you know, what they all have in common, is they all gave false confessions. But they have something else in common – they all waived their Miranda rights. We’re handed one means of protecting of ourselves and that is, at any moment, we can clam up and say we want a lawyer. We don’t have to talk. We don’t have to put ourselves through this hideous process. And so I asked them, “Why?” And, it’s fascinating. They all give you exactly the same answer in almost exactly the same words: “Why didn’t you get a lawyer?” “Well, I didn’t need a lawyer.” “Well, why didn’t you need a lawyer?” “Well, I didn’t do anything wrong.” They had this naïve belief in the power of their innocence to prevail.
The idea came to me because there had been data showing that Miranda waiver rates are very high. The police worried in 1966, when the U.S. Supreme Court forced them to read people their rights and get a waiver of those rights before they could interrogate them, they worried that nobody will ever talk to us again. That hasn’t happened. Eighty percent, roughly 75 to 80 percent, of suspects waive their Miranda rights. And that’s a statistic you find in this country and elsewhere where comparable rules are in place. And so you ask yourselves the question, why? And then you look more carefully at those data and you find that people who have never been in trouble before, people who don’t have a history with the criminal justice system and, therefore, people just as a base rate matter more likely to be innocent, are much more likely to waive their rights. So, based on those observations and my conversations with the wrongfully convicted, we brought that into the laboratory. I say this because this is not a mere laboratory phenomenon. The idea for it came from the real world. So, now we bring it into the laboratory and we have people go through the motions of stealing, or not stealing, $100. They know it’s not real. But they are then put into the laboratory interrogation room and confronted with a detective who walks in, introduces himself as Detective McCarthy, has either – we actually vary whether his demeanor is hostile and close-minded, or whether he seems open and willing to hear their story. They are all incentivized to make themselves appear innocent. And, the first thing he does is read them their rights and look to see whether they’re willing to sign the waiver. And, by a large margin of 81 percent to 36 percent, those who had nothing to hide, those whose accounts of their whereabouts of what they did would be truthful, 81 percent of them waived their rights compared to only 36 percent of them who actually had committed the mock crime. And they told us exactly what the wrongfully convicted say, “Well, I didn’t do anything wrong. He’ll see that.”
Two explanations I have for what was happening here and they’re kind of related — one is, people have a belief in a just world. Now, we know that. There is research in psychology on the belief in a just world. People tend to believe that the world is generally a just place. Good things happen to good people, bad things happen to bad people. The fact of the matter is, if I did nothing wrong, that will come out. Justice will figure that out. And the second interesting phenomenon in psychology that I think is informative, is what is called the illusion of transparency. People believe that their truths-telling and their lies are transparent. People believe that when they utter the truth, others will believe them. And that when they lie, others will figure that out. And that illusion of transparency gives comfort to the person who did nothing wrong. So, when you hear the wrongfully convicted talk about why did you waive your rights — and, in fact, in some cases they explain, “The reason I gave in and confessed was, I figured, you know what, they’ll proceed with their investigation and, in the end, they’ll see I did nothing wrong.”
Now this gets to, I think, a very important point that I did not see coming until I had conversations with some of these false confessors and it is a concept that I’ve gone on to call the phenomenology of innocence. An innocent person, you would think that the thing that protects an innocent person is his or her knowledge of his innocence, right? I’ll be damned if I’m going to confess to something I didn’t do! However, innocent people sometimes confess after hours of interrogation, because they’re led to believe there is additional evidence coming. And, when they’re led to believe that there’s additional evidence coming, that belief, in fact, becomes a promise of future exoneration, which paradoxically makes it easier to confess. So, a number of innocent people have confessed just to get out of a bad situation believing when the police do the rest of their investigation, they’ll see this wasn’t me. So, in a funny way, innocence can be your own enemy in that situation. Um and that is the same phenomenon, the same explanation as to why innocent people waive their rights. They’ll look you right in the eye and say, “We’ll I didn’t need a lawyer. I didn’t do anything wrong.”
Audrey Hamilton: I think it’s interesting that you’re studying this and, you were telling me this before we actually started recording, but you think it’s important for psychologists to be out there making people aware.
Saul Kassin: It’s very important. It’s very important. You know, the psychology underlying false confessions is basic. We have a wealth of studies that we’ve done in laboratories, in field settings, in surveys and what not, from the 1980s forward. All of it has been summarized in a white paper that APA Division 41 has produced. All of it is summarized in, now, seven amicus briefs that the APA has submitted to various states courts. But, in a sense, we almost didn’t need that literature to understand the underlying psychology, it is so basic. If you understand the principles of reinforcement, if you understand the way Skinner used to shape rats in a Skinner Box, if you understand the reward contingencies that affect people’s decision-making, if you remember back to Milgram’s obedience experiments, where people were under pressure, step by step, increasingly to violate their conscience — all of that is directly relevant to what happens in an interrogation room. And, so, psychologists, I think, are uniquely poised to help in these matters. And the reason I think raising public awareness is important — I have spent, and others have spent, a lot of years trying to reform the system from the top down. We speak to state legislators. We speak to state innocence commissions. We talk to groups of judges. We try to get the laws changed from the top down. And that has been somewhat successful. But, what has become apparent to me and it has become apparent in some very high profile cases – like the Central Park Five, like Brendan Dassey’s situation – what has become apparent, is that another way to manage this, another way to exert our influence and, I think, help to reform a broken system, is to get involved in raising public awareness.
Again, I think the “Making a Murderer” documentary tells me a lot. Here’s a case where 16-year-old Brendan Dassey, 10 years ago, gives a confession. Now, mind you, the jury got to see the tape, or parts of the tape, of that interrogation but they didn’t get to hear from an expert explaining that tape. And, so he gets convicted. Appeals within the state are exhausted. Everything looks like he’s going to spend the next 25 years to life in prison. Then in December of 2015 the documentary is aired. There is a public outcry. Twenty million people watched the documentary in the first month or so and there is outrage over the treatment of Brendan Dassey and his confession. Within six months, a federal judge overturns his conviction, arguing that the confession was coerced. That judge had his ruling appealed and then a three-judge federal panel affirmed that ruling. Now, Dassey, at the moment we are speaking right now, is still incarcerated in Wisconsin because the prosecutor’s office has appealed those federal decisions and wants to go back and re-try him and has argued that he should remain incarcerated to that point. But the fact of the matter is, Dassey wasn’t going anywhere until public awareness was raised. That is another way, in which, we can make important change. And, I don’t know that there’s another profession as uniquely poised as psychology and, you know what, if we don’t step in to inform the public about what’s happening somebody else will fill that void who is less expert and less informed.
Audrey Hamilton: Well, Dr. Kassin, thank you so much for being here today. It’s been really interesting.
Saul Kassin: My pleasure.
Audrey Hamilton: Thanks for listening. If you would like more information on the topics we discussed or if you would like to hear more episodes, please go to our website. With the American Psychological Association’s Speaking of Psychology, I’m Audrey Hamilton.