"Falso Culpable" es un proyecto desarrollado por el Grupo de Investigación en Psicología del Testimonio de la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de analizar las principales causas que llevan a que un inocente sea acusado de crímenes que no cometió.

La mayoría de los falsos culpables se deben más a los errores del Sistema que a la intención deliberada de condenar a inocentes.

Según la asociación norteamericana Innocence Project en torno a un 75% de los errores judiciales se deben a fallos en los procedimientos de identificación. Los errores en el reconocimiento de personas en la vida cotidiana son algo completamente usual, que forma parte del funcionamiento normal de nuestros sistemas cognitivos. Sin embargo, pasan a la categoría de problema grave las falsas identificaciones en entornos judiciales.

Los problemas de memoria (falsos recuerdos) de testigos y víctimas son otro de los principales factores que provocan falsas acusaciones.

Un mejor conocimiento de los errores que posibilitan los falsos culpables podría evitar, o al menos minimizar su incidencia.

Liberado el preso que no estaba en España cuando se cometió el delito del que se le acusaba




Raim Memet llevaba en prisión 20 días a pesar de que probó que estaba en Rumanía cuando se produjo un robo





Madrid 
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El Juzgado de Instrucción número 54 de Madrid ha revocado la medida de prisión preventiva que pesaba sobre Raim Memet, el preso del que había informado este periódico que no estaba en España el día en el que se cometió el robo con violencia que se le imputaba.
Memet podrá salir en libertad esta misma tarde, aunque el juzgado le ha impuesto la obligación de comparecer todos los lunes, por lo que no podrá viajar a Rumanía con su familia durante estas Navidades. El procedimiento penal contra él sigue su curso, si bien en este segundo auto la juez ya ha incluido el billete de autobús con su identidad como prueba.
A este rumano de 25 años se le acusaba de robo con violencia. Una mujer a la que habían tirado al suelo y golpeado para quitarle un teléfono móvil durante la noche del 23 de noviembre, en el portal de su casa del centro de Madrid, le había reconocido en los álbumes fotográficos de la policía como su agresor.
Pero Memet no estaba en España ese día. Estaba viajando de Rumanía a España, como acreditan un billete de autobús aportado por una compañía de transporte y las imágenes de seguridad de la estación de Méndez Álvaro, que recogen en imágenes su llegada a Madrid junto a su mujer un día después de la noche en la que se cometió el delito.

¿Por qué ha ido a prisión?

De fondo hay dos problemas. En primer lugar, la importancia judicial que se otorga a los reconocimientos que hacen los testigos y las víctimas de un delito a pesar de sus amplísimos márgenes de error. La psicología del testimonio ha estudiado a fondo los problemas que plantean estas identificaciones como prueba en el proceso penal. Margarita Diges, catedrática de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que los márgenes de error son del 28% cuando el culpable está en la rueda de reconocimiento y del 50% cuando no está. Es decir, la mitad de las veces en las que el culpable no está en la rueda, un inocente es reconocido como delincuente.
Por otro lado está la falta de diligencia de la justicia para, cuando aparecen indicios de que puede haber un inocente en la cárcel, actuar de inmediato. Los patrones en este tipo de casos se repiten sin que se adopte ninguna medida. Cuando la persona además no tiene recursos y ha sido detenida con anterioridad, nadie parece tener prisa por aclarar los hechos.

Identificación sin ningún género de dudas

La víctima del violento robo, de 22 años, había descrito a su agresor como “un varón de 30 años aproximadamente, de tez morena, posiblemente de nacionalidad rumana, calvo y que vestía completamente de negro”, según consta en el primer atestado policial. Cuando fue a poner la denuncia, señaló sin embargo que no era calvo sino “de pelo muy corto y negro, ojos oscuros y piel oscura, entre 1,55 y 1,60”.
Dos días después del robo le mostraron en comisaría una composición con nueve fotografías entre la que estaba Memet. El rumano, sin antecedentes penales, constaba en los álbumes de la policía por tres detenciones previas que por el momento no han acabado en condena. La mujer le reconoció “sin ningún género de dudas ni error posible”.

A pesar de sus amplísimos márgenes de error, a los reconocimientos que hacen los testigos se les otorga una gran importancia judicial
El 9 de diciembre fue detenido. Al día siguiente, el Juzgado de Instrucción número 41 de Madrid dictó el auto de prisión provisional comunicada y sin fianza basada en el reconocimiento de la víctima. El abogado de oficio de Memet, Xabier Etxebarria, aportó la lista de pasajeros del autobús procedente de Rumanía que llegó a Madrid el día 24 a las 12.30, de la empresa Saiz Tours, donde constaban como viajeros Memet, su mujer y un amigo suyo, con sus asientos respectivos. El auto de prisión del juzgado hizo caso omiso del listado; ni menciona su existencia.
El caso pasó después al juzgado número 54. El 14 de diciembre, el abogado de Memet pidió con carácter urgente su puesta en libertad y el sobreseimiento libre del caso sobre la base del listado de viajeros. Se pedía además en este mismo escrito que se oficiara al director de seguridad de la Estación Sur para que entregara al juzgado las imágenes de la llegada del autobús procedente de Rumanía a Méndez Álvaro el 24 de noviembre, en las que aparecen Memet, su mujer y su amigo. Solicitaba también que se pidieran a la empresa de transporte los billetes de autobús adquiridos en Rumanía.

Dos testigos

Al no estar recabadas estas pruebas para la vistilla convocada para el día 19, el letrado intentó, sin éxito, que testificara la esposa de Memet, quien le acompañaba en el viaje, y un trabajador de la ONG Futuro Cierto, Pablo Hernández Román, que puede identificar a Memet y a su mujer en las imágenes de las cámaras de seguridad de la Estación Sur del 24 de noviembre. Ambos testigos esperaban fuera de la sala donde se celebró la vistilla. No se les escuchó.
Hernández conoce bien a este matrimonio, desde hace más de un año. La pareja de rumanos no tiene hogar y viven en la calle. “Nosotros les hacemos un seguimiento, les ayudamos con comida, ropa y mantas, y sabemos cuando se van fuera de Madrid porque dejan de venir a pedir ayuda", explica. "En el caso de Memet, sabíamos que él y la mujer se habían ido a Rumanía y conocíamos el día que regresaban a Madrid. Él no ha podido cometer el delito porque no estaba en España”.

Los patrones en este tipo de casos se repiten sin que se adopte ninguna medida
La magistrada del juzgado 54, en su resolución, respondió que en el listado de pasajeros aparece un Raim Memet, pero ningún número de documento de identidad, por lo que no se puede concluir que el viajero sea ese Raim Memet (ninguna alusión a que iba acompañado de su esposa y de un amigo, lo que también consta en los archivos de Saiz Tours), no argumenta nada sobre la petición de que se oficie a la Estación Sur de autobuses para comprobar las imágenes de las cámaras de seguridad, no dice nada sobre los posibles testigos y resuelve mantener la prisión asegurando que los robos con violencia como el que se está investigando son de los que generan "grave alarma social”.
El abogado interpuso un recurso de reforma ante el juzgado el 20 de diciembre en el que vuelve a pedir que se oficie a Saiz Tours para que envíe el billete de Memet y a la Estación Sur para que aporte las imágenes de las cámaras de seguridad. Al día siguiente, finalmente, el juzgado libró los oficios.
“¿Es posible que Raim Memet supiera al ser detenido que justo en ese autobús viajaba otra persona con su mismo nombre?", se pregunta su letrado, Etxebarria. "No parece que tenga ningún sentido. Aparte de que hay testigos y pruebas claras como las imágenes de la Estación Sur que demuestran sin lugar a dudas que este hombre no estaba en España ese día. Lo que no se entiende es que se tenga a una persona en la cárcel con estos indicios y que nadie tenga prisa por confirmar lo que venimos exponiendo desde el primer día".
La identificación llevada a cabo tras un reconocimiento fotográfico, como en este caso, plantea el problema de que en la rueda de reconocimiento el testigo puede no estar señalando ya a quién recuerda como delincuente, sino al que previamente ha reconocido en esa primera foto.

El maquillaje y la frenolgía como criterios para la identificación preventiva de criminales

Un software juzga a las personas según sus rasgos faciales

La inteligencia artificial resucita la frenología pero lo llama Inferencia automatizada de la criminalidad usando imágenes faciales





Esther Eggers, Reformatorio para mujeres de Long Bay, 1919
Esther Eggers, Reformatorio para mujeres de Long Bay, 1919
No se tienen pruebas de que Marco Valerio Levino, un general romano del siglo III a.C., dijese aquello de "cuando tengas dudas entre dos presuntos criminales, elige al más feo", pero la Universidad de Cornell, en EEUU, hoy le daría la razón.  En 2011 publicaron un estudio que defendía que las personas feas tienen más probabilidades de ir a la cárcel que las guapas. Y ahora, unos investigadores chinos dicen ser capaces de predecir la personalidad de las mujeres con tan solo mirar su fotografía.
La historia salió a la luz en noviembre, pero este es el segundo capítulo. Los científicos de la Universidad de Jiao Tong, en Shangái, mezclaron inteligencia artificial con machine learning y le añadieron un poco de imaginación. El resultado fue un estudio en el que defendieron que las máquinas eran capaces de predecir a un futuro criminal basándose en sus rasgos faciales. Lo llamaron Inferencia automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales Luego fue publicado en arXiv, un portal de la Universidad de Cornell que actúa como filtro preliminar de los trabajos que luego serán aceptados de forma oficial por la escuela.
El nuevo estudio se titula Inferencia automatizada en las impresiones sociopsicológicas del atractivo femenino. También lo han subido a arXiv, y también han utilizado machine learning para desarrollarlo. Los tres investigadores han recopilado la foto de 3.954 mujeres en Baidu (el Google chino) y las han dividido en positivas y negativas.

Este software juzga a las personas según sus rasgos faciales
Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-)
Las fotos "positivas" están asociadas a las búsquedas que contienen palabras como "guapa", "elegante", "tierna", "linda", "dulce" y "cuidada"; mientras que las negativas se relacionan con "pretenciosa", "pomposa", "indiferente" y "coqueta". Para estar seguros de haber elegido los conceptos correctos, los investigadores preguntaron a 22 universitarios chinos si estaban de acuerdo con las etiquetas.
Los dos grupos de imágenes se usaron después para entrenar a una red neuronal convolucional. Estas redes se diferencian de las redes neuronales sencillas en que están especializadas en tratamiento de imágenes y procesamiento del lenguaje, lo que permite a los investigadores codificarlas de manera diferente. La red diferenció entonces 2.000 imágenes como positivas y 1.954 como negativas. "Las dos clases de imágenes reflejan las preferencias estéticas y los juicios de valor que prevalecen entre los varones en la China contemporánea", sostienen.

 

 

A mayor maquillaje menos naturalidad

"La red neuronal es precisa infiriendo percepciones sociopsicológicas de las mujeres atractivas chinas. Esto es bastante importante dado el hecho de que incluso los observadores humanos tuvieron dificultades racionalizando sus percepciones sociopsicológicas de las caras de prueba", continúan. Los 22 universitarios situaron en la categoría negativa a las mujeres que consideraban "poco naturales" y los investigadores analizaron el contraste de las fotografías y la saturación en busca de altos niveles de maquillaje. Y acertaron.
Las fotografías en la categoría positiva tenían de media un 13,84% menos de contraste y casi un 5% menos de saturación del color que las imágenes de la categoría negativa. La red neuronal detectó lo mismo que los hombres y las juzgó de la misma forma que ellos: cuanto más maquillaje, menos natural. Pero los investigadores no pueden explicar qué relación hay entre llevar más maquillaje y ser peor persona. Como la frenología no pudo hacerlo a comienzos del siglo XIX.

Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-)
Las imágenes, divididas en positivas (S+) y negativas (S-) 

La frenología dos siglos después

Sabemos que el machine learning puede conseguir que una máquina identifique caras pixeladas, que una IA gane al mejor jugador de Go del mundo o al de StarCraft. Pero los investigadores de la universidad de Jiao Tong no exploran una idea nueva: la frenología ya intentó predecir conductas delictivas y criminales con los rasgos faciales. Fue desterrada poco más tarde por no contar con base científica suficiente, ya que asumía que las variaciones del cráneo humano eran la llave que explicaba los trastornos psíquicos o las enfermedades mentales.
El primer estudio de los chinos en noviembre estaba más cerca de esta pseudociencia que del campo científico. La investigación fue bastante controvertida ya que hubo quien aseguró que carecían de base científica, como el periodista de Quartz, Dave Gershgon. Sin embargo, sí hubo otros que la apoyaron, como Sam Biddle en The Intercept.
Los investigadores enseñaron al sistema 1.856 fotografías de chinos y chinas entre 18 y 55 años, encontrándose según ellos con "algunas características estructurales discriminatorias" que eran determinantes para predecir la criminalidad, como "la curvatura de los labios, la distancia entre los ojos y el ángulo entre la boca y nariz". Para que funcionase, los sujetos de pruebas no podían tener barba ni cicatrices ni ningún otro tipo de marca en sus rostros. 965 fotos correspondían a criminales, y utilizando una red neuronal similar a la del segundo estudio, consiguieron que el algoritmo identificase con éxito al 89,51% de los sujetos.

Inferencia Automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales
Inferencia Automatizada de la Criminalidad usando Imágenes Faciales

Fabricando un violador: el calvario de Romano van der Dussen

El holandés ha pasado 12 años en prisión. El ADN ha demostrado su inocencia. Le acompañamos en sus primeros días en libertad 
La mujer se había fijado en un artículo de la portada de EL PAÍS del 15 de septiembre de 2014. “Un condenado por violación sigue preso siete años después de que el ADN lo exculpe”, se titulaba. Quedó tan impresionada que quiso conocer al protagonista. Fue un día a la prisión a visitar a Van der Dussen, luego otro… y más tarde empezaron las cartas. Decenas, centenares. “Ella apareció en medio del infierno”, recuerda. “Ni las enfermeras querían darme en mano las medicinas porque yo era un violador. Y de pronto una mujer buena empezó a creer en mi inocencia y a hablarme con cariño. Me sonreía. Sentí de nuevo que era una persona, que podría volver a formar parte de la sociedad y recuperar mi dignidad”.
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La mujer no quiere notoriedad, pero él la menciona siempre. Es lo único que le importa. “Siento que la vida, que tan mal me ha tratado, me está compensando ahora con su presencia. Espero no estropearlo. Una vida normal al lado de una mujer es algo que casi ni me he permitido soñar”. Ahora, muchos días cuando se despierta, ella es lo primero que ve. “En la cárcel no puedes ni dormir sin medicación. Por las noches estás nervioso, inquieto. Abrir los ojos y encontrarla a mi lado parece casi irreal, pero me tranquiliza de inmediato”. Se le empañan los ojos cuando lo cuenta, como si la mujer fuera a desaparecer en cualquier momento. Ha pasado de la soledad de la celda a tomar un colacao caliente acompañado por la mañana, a poder dar y recibir un masaje a media tarde. Nunca la había tocado antes. Ella no quiso contaminar su incipiente relación con la fealdad de la prisión, así que todo ha empezado con la vida en libertad. “Solo espero estar a su altura”, dice. Y se le vuelven a llenar los ojos de lágrimas.
Ahora le rodean los focos. Es el holandés inocente de la tele. En Palma de Mallorca, donde fue liberado después de que el Tribunal Supremo revisara parcialmente su condena, el pasado 11 de febrero, la gente le para por la calle. Le dan abrazos y ánimos. Él disfruta de cada pequeña cosa en libertad: las sábanas limpias que huelen a suavizante, una mañana en la playa, una cerveza en una terraza. Durante 12 años soñó con los quesos de su país cada vez que comía las insípidas lonchas de la cárcel, así que ahora ha llenado la nevera. Al día siguiente de salir de prisión pidió siete cafés en un bar a las siete de la mañana. Uno tras otro. “Necesito olvidarme de la vida pautada al milímetro”, dice. “La sensación de poder hacer lo que quieres a la hora que quieres y beber cortados sin parar si te da la gana es maravillosa”.
Pero los primeros días fuera de la prisión también están siendo complicados. Pasa de la euforia a la tristeza en un minuto. Del agradecimiento al rencor. De la confianza a la desesperanza. De la ira a la amabilidad extrema. En cada conversación introduce frases como “siempre digo la verdad, en serio”, “soy sincero, ¿entiendes?”, “yo soy buena persona, te lo juro”. Es un tic de alguien a quien nadie ha creído durante mucho tiempo. La cárcel le ha quebrado, reconoce, y no sabe muy bien cómo podrá volver a construirse una vida, ni si será capaz de hacerlo.
“¿Cómo te recuperas de que el mundo te haya tratado como una basura durante tantos años?”, se pregunta. “Como le suele suceder a los violadores en la cárcel, el mismo día que entré me dieron la paliza de mi vida. Fue tan brutal que estuve tres semanas en la enfermería. Los funcionarios sabían que no podían garantizar mi integridad, así que me metieron en una celda de aislamiento. Durante 18 meses estuve solo 23 horas al día, volviéndome loco, viviendo una pesadilla”.

En el bar España, del barrio de Rafal, ha descubierto
que ya no se puede fumar en locales públicos.
Tras la condena, desfiló por cárceles de toda España. Siempre le acababan moviendo por su propia seguridad. “Lo primero que te piden los presos son los papeles. Quieren ver por qué estas allí. Y cuando lo saben, no hay piedad. Nadie te cree cuando les dices que eres inocente. Al final acabas tomando pastillas todo el rato para poder controlar la ansiedad”. En Palma de Mallorca, los presos como él están incluso separados del resto. Son los protegidos. Salen al patio cuando los demás ya han entrado, comen a diferentes horas… “Mis compañeros eran violadores, pederastas, maltratadores”.

Aún no sabe dónde va a vivir. Duerme en un austero piso de acogida en Palma que le presta un sacerdote de la pastoral penitenciaria, Jaume Alemany. Pero el Gobierno de Holanda le ofrece un apartamento en Kerkrade –un municipio cerca de Alemania rodeado de campos de tulipanes–, un subsidio para empezar de nuevo y asistencia psicológica. Sabe que lo más sensato sería aceptar. Está a punto de cumplir 43 años. En España no tiene más que dos mudas de ropa y algunos euros en el bolsillo. Le han ofrecido algún trabajo, pero no se siente con fuerzas por ahora. Aún tardará meses en cobrar la indemnización del Estado por el tiempo indebido en prisión, y la revisión de las dos condenas que le quedan –los casos en los que no se halló ADN que analizar– podría tardar años o no llegar nunca. Pero se resiste a marchar. No quiere dejar de ver a su ángel salvador y teme abandonarse en Holanda. Sabe que no está bien psicológicamente y que, haga lo que haga, nada será fácil. No tiene claro cómo incorporarse a una vida que se interrumpió hace 12 años y medio en una calle de Fuengirola.

2 de septiembre de 2003. Del paraíso a Alhaurín de la Torre
Esa mañana, como tantas otras del verano, había ido a la playa. Llegó pronto. Apenas había gente y estuvo paseando por la orilla. Aún recuerda la calidez del sol, el sonido de las olas… La plácida sensación de mirar el horizonte sin demasiadas preocupaciones. Unos meses antes había cerrado la heladería Irene de Fuengirola, en la que trabajaba, pero no estaba inquieto. Le habían entrevistado en un resort de Marbella y confiaba en encontrar algún empleo gracias a los cuatro idiomas que habla. Era un holandés de 30 años con ganas de copas y fiesta que quería disfrutar de la Costa del Sol.
Hacía un calor sofocante y pegajoso, y a mediodía decidió volver a casa. Vestía un vaquero cortado, una camiseta clara y chanclas. Solo llevaba una bolsa de plástico con aceite solar, una toalla y una cerveza. Iba a cruzar la calle de Oviedo del municipio malagueño cuando dos policías le pararon:
–¿Romano van der Dussen?
–Sí.
–¿Puede acompañarnos a comisaría? Queremos hacerle unas preguntas.
–¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿No me las pueden hacer aquí?
–Tiene que venir con nosotros. Está detenido.
Se resistió. No entendía por qué le arrestaban. Los agentes le llevaron al coche, le esposaron y le condujeron a la comisaría. Allí fue directo al calabozo. Fue la primera vez que escuchó que era “un violador de mierda”. Dos días después ingresó en prisión. No volvió a ver una playa en 12 años.
Poco a poco se fue enterando de qué le acusaban. Tres mujeres habían sido agredidas brutalmente en Fuengirola la madrugada del 10 de agosto de 2003, 23 días antes. Un extranjero había intentado violarlas. Las fotos de una de las mujeres muestran un rostro desfigurado por los hematomas. El ataque fue tan grave que la víctima, de 29 años, no podía recordar lo sucedido. Padecía una ansiedad extrema y era incapaz de salir sola a la calle.

El comedor del alojamiento donde el sacerdote le ha ofrecido
techo mientras Van der Dussen medita cómo
rehacer su vida.
Ella fue la primera atacada aquella noche, en la calle de Miguel Bueno. A 500 metros, en la avenida de Mijas, otra chica, de 33 años, fue abordada con la misma violencia una hora después. Un puñetazo la tiró al suelo, quedó inmovilizada y estaba a punto de consumarse la violación cuando un coche se paró cerca. El agresor salió corriendo con su bolso. Media hora después, en la calle de Sevilla, perpen­dicular a la avenida de Mijas, se abalanzó sobre otra mujer, una veraneante de Barcelona que logró zafarse cuando una vecina se asomó al balcón tras oír sus gritos de auxilio.
La policía se empleó a fondo para hallar al violador. En esos días había un cierto pánico por los crímenes sexuales en la Costa del Sol. Acababa de encontrarse el cadáver de Sonia Carabantes, una joven de 17 años de Coín, y poco después se supo que una muestra de ADN vincu­laba su muerte con la de Rocío Wanninkhof en Mijas en 1999, por la que se iba a juzgar ese otoño a Dolores Vázquez, que también resultó inocente. A mediados de septiembre se halló al culpable de ambos asesinatos: Tony Alexander King, un británico con antecedentes en su país por estrangulamiento y violación.
En el módulo de aislamiento de la cárcel de Alhaurín de la Torre, Van der Dussen tuvo como vecinos de celda a King y a otro británico que había matado a su hijo. El holandés trataba de ser optimista. Escribía cartas al juzgado con un diccionario para ofrecer testigos de su coartada y prestarse a cualquier cotejo de ADN. Creía imposible que tuvieran pruebas contra él porque no había hecho nada. Y además le estaban acusando de un delito del que, muchos años antes, había sido víctima su propia madre.
25 de mayo de 2005

“Ojalá que te lleven al infierno”

Romano, que está a punto de cumplir 43 años, se reencuentra con el Mediterráneo
paseando por la playa de Palma.
Antes del juicio llegó la primera mala señal. Su abogada, Celia Martín Aurioles, le explicó que el fiscal ofrecía un pacto: siete años de prisión a cambio de admitir su culpabilidad. Con una parte de la pena ya cumplida, pronto podría pedir el traslado a Holanda y en poco tiempo estaría en la calle. Él se negó. La mañana de la vista se levantó nervioso. Apenas pudo desayunar el café con leche y el pan que le llevaron a la celda. Se puso un pantalón beis y una camisa amarilla de Lacoste que pidió prestados al inglés que había matado a su hijo, se calzó unos mocasines oscuros y esperó a que lo llevaran a la sala de juicios. Quería causar buena impresión. Cuando se sentó en el banquillo se dijo que todo iría bien, que nadie puede ser condenado por un delito que no ha cometido. Junto a su abogada, esperó a que las tres víctimas declararan. Solo oía sus voces. Ellas podían verlo a él, pero se mantenían ocultas tras una mampara. “Ojalá que te lleven al infierno, hijo de perra”, escuchó. Y supo entonces que la pesadilla iniciada 18 meses antes no iba a acabar.
Otra de las víctimas se desmayó al verlo en medio de la sala. Las tres estaban convencidas de que las había intentado violar entre puñetazos y golpes. Ante el tribunal, se convirtió en un monstruo. El segundo día declararon los peritos: ni el ADN hallado en una de las víctimas ni las huellas dactilares eran suyos, y tampoco aparecía en las imágenes de las cámaras de seguridad de la zona. No había más pruebas que la declaración de dos víctimas y de una testigo que vio desde su balcón al agresor de la chica que había perdido la memoria. Pero las tres decían estar muy seguras y fue condenado. El 25 de mayo de 2005, tres magistrados de la Audiencia de Málaga, José María Muñoz, Lourdes García y María Jesús Alarcón, lo sentenciaron a 15 años y medio de cárcel por agresión sexual, lesiones y robo con violencia, haciendo hincapié en el idéntico modus operandi de los tres ataques.
La resolución no hace la menor referencia a la única prueba objetiva: ADN hallado en el pubis de una de las víctimas cuyos marcadores no coincidían con los de Van der Dussen. La otra opción, que perteneciera a algún novio de la chica, no era posible: ella negó tener pareja y haber mantenido relaciones sexuales ese día ni los anteriores. Pero la sentencia ni siquiera plantea la posibilidad de otro varón. Simplemente no menciona el ADN.
El único argumento, más allá de las declaraciones de las víctimas, fue que Van der Dussen no había aportado datos que avalaran su coartada: que estaba con unos amigos en una fiesta en Torremolinos la noche de las agresiones. Pero en el sumario hay varias cartas manuscritas del holandés al juzgado hablando de personas con las que decía haber estado esa noche y aportando direcciones y números de teléfono. Sus abogados presentaron dos testimonios por escrito y pidieron la comparecencia de los testigos en el juicio. El tribunal lo rechazó por una cuestión formal.
“Dos semanas después de la vista me llamó la abogada para decirme: ‘Nos han condenado”. Se le quiebra la voz al recordarlo. “Fue un shock tremendo, uno de los momentos más duros. Cogí la tapa de una lata de atún y traté de abrirme las venas”, dice mostrando una cicatriz en el brazo. “No podía asumirlo, y mucho menos cuando mi propia madre había sido violada. Luego me di cuenta de que los que me habían condenado querrían eso. Que iban a decir que no podía vivir con lo que había hecho y por eso me había quitado la vida. Sería una prueba más contra mí. Ese día decidí luchar hasta el final para exigir justicia”.

Pero tampoco pudo recurrir en condiciones su condena. El Tribunal Supremo no admitió a trámite la casación, después se pasó el plazo para recurrir al Constitucional y, como no había agotado el sistema de recursos español, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos no pudo revisar su caso. Todo lo que podía salir mal, salía mal.

La vida de Romano nunca había sido fácil. Su padre, Dick, tenía una pequeña empresa de seguros. Su madre, Johana, era ama de casa. La familia giraba en torno a un drama no superado: su madre fue violada y tuvo una hija fruto de esa agresión, la hermana mayor de Van der Dussen, una chica con problemas de drogas que ejercía la prostitución. Él pasó una infancia feliz y tranquila en Oudkarspel, un pueblo pequeño con vacas y tulipanes, pero a los 14 años, ante el difícil panorama familiar por los problemas de la hermana, lo llevaron a un centro de protección de menores, donde sufrió sus propios conflictos y adicciones. Con veintitantos, y tras desintoxicarse, se fue a España a tratar de cambiar de aires. Su novia le acompañó, pero se separaron poco después. De esa relación nació una niña, que tenía solo dos años cuando entró en prisión.
Durante ese tiempo ha tenido dos sobrinos, a los que no conoce, y su madre ha fallecido sin poder despedirse de él. La condena ha afectado a toda la familia. No todos creyeron en él. Su hermana pequeña, policía, decía que era imposible que en un país europeo le condenaran por un delito que no había cometido.

20 de mayo de 2010. El psicópata inglés
Cinco años después de la sentencia, un diplomático holandés le informó de que el ADN hallado en una de las víctimas había resultado ser de un británico, Mark Philip Dixie, preso en Reino Unido por asesinato y violación y que residía en Málaga cuando se cometieron los hechos por los que él cumplía pena. La policía española lo sabía desde 2007. El año anterior, Dixie había sido detenido y su perfil genético entró en la base de datos europea Veritas, que acreditó que encajaba con los restos hallados en Fuengirola en 2003.
La policía había informado al juzgado y pedido una ampliación de los marcadores genéticos de Dixie para asegurarse de que había sido él. Pero el caso se perdió en la burocracia judicial y acabó, incomprensiblemente, archivado sin que Reino Unido enviara las nuevas muestras de ADN porque no habían sido solicitadas correctamente. Van der Dussen ni siquiera llegó a saber nada de esto hasta tres años después. Entonces recurrió al letrado madrileño Silverio García Sierra, que había asumido de oficio uno de los múltiples recursos del caso. García Sierra ha trabajado gratis durante cinco años hasta lograr que el Supremo lo pusiera en libertad.
La revisión del caso ha tardado simplemente por cuestiones burocráticas. Diligencias que podían haber llevado un mes han tardado nueve años. “Este procedimiento parece maldito”, lamenta García Sierra. “Todo se ha hecho mal, todo ha sido un desastre. Cuando lees el sumario no puedes creer la mezcla de irregularidades, deficiencias en la investigación y mala suerte, una negligencia tras otra. La fase final fue ya el colmo, nadie se dio prisa por verificar si había un inocente en la cárcel: ni Reino Unido, ni los juzgados. Todo iba a un ritmo exasperante. Siempre que parecía que estaba a punto de lograr la libertad y se hacía ilusiones, aparecía una nueva diligencia que cumplimentar”.

El padre Jaume Alemany, capellán de las prisiones
mallorquinas, enseña al holandés cómo
manejarse en Facebook.
Solo se ha revisado una de las condenas, la de la violación en la que apareció el ADN del británico. Sobre las otras dos, el Supremo no admitió a trámite la revisión a pesar de que la condena se basa precisamente en la existencia de un único agresor. El abogado de Van der Dussen va a presentar un nuevo recurso con más pruebas que están recopilando, como los testimonios de las personas que estuvieron con el holandés la noche de las violaciones. Una mejor investigación podría haber hallado restos o huellas en el bolso que manipuló el violador y en la ropa de dos de las víctimas, pero no fueron ni analizados ni guardados.

Errores que se repiten
Qué lleva a un inocente a la cárcel? ¿Es solo una cuestión de mala suerte? La repetición de ciertas pautas en casos como el de Ahmed Tommouhi, Rafael Ricardi o José Antonio Valdivielso, presos en España durante años por delitos que no habían cometido, indica que se trata más bien de malas prácticas repetidas. Defectos en la investigación policial, en las identificaciones, en los reconocimientos en rueda, en la valoración de las pruebas… Y demasiada prisa por encerrar a un culpable, el que sea, y dar carpetazo al caso.
Van der Dussen aparecía en los álbumes de la policía porque había sido detenido tres veces: por daños al mobiliario urbano y por dos denuncias de su exnovia, con la que un día tuvo una pelea en la calle. No llegó a ser juzgado, pero los antecedentes policiales, a diferencia de los penales, no se cancelan. Su condena parece basarse en que las víctimas no dudaron al reconocerlo. Pero del sumario se deduce algo distinto. Las tres mujeres declararon ante la policía por primera vez la noche de la agresión o al día siguiente. En ese momento dieron las primeras descripciones del violador, que no coincidían entre sí. Era a la vez rubio y moreno, de pelo largo y corto, con camiseta clara y oscura. Solo un detalle se repetía: el pelo rizado. La primera vez que les enseñaron las fotos de los delincuentes entre los que estaba Van der Dussen no reconocieron a nadie. Días más tarde, una de las víctimas lo señaló “sin ningún género de dudas”, pero otra no lo tuvo claro y en una rueda de reconocimiento posterior no lo identificó.
“Víctimas y testigos a veces se equivocan”, explica Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid. “Muchas veces, por una incorrecta investigación policial. Si se les da a entender que han acertado, que ese es el sospechoso, o en un primer momento se les enseña solo una foto, en los sucesivos reconocimientos no harán sino identificar a aquel cuya foto vieron en la comisaría, y lo harán con mayor seguridad. Es lo que llamamos un falso recuerdo. El problema, en todo caso, no es que se produzcan identificaciones erróneas, sino que estas declaraciones se acepten como prueba única incluso por encima del ADN. Los datos empíricos indican que el resultado de la prueba de identificación es erróneo el 50% de las veces”.

Imágenes de su infancia, que pasó en un tranquilo pueblo holandés
“A mí también me daban pena las mujeres que declararon el día del juicio”, recuerda Van der Dussen. “Era evidente que habían sufrido mucho. Pero yo no era culpable. Si la investigación se hubiera hecho bien, no habría pasado 12 años en la cárcel, podría haber dado un beso a mi madre antes de morir y visto crecer a mi hija. Nada de esto tenía que haber sucedido”. La niña tiene ahora 15 años. Se llama Romana y en unos días va a conocer a su padre.

Neurociencia de la tortura


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Diciembre de 2015
Publicado por


Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.
Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.
Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.
En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.
No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:
 
El cerebro torturado no funciona con normalidad
Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.
Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

 
La tortura altera los recuerdos
Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee— de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.
 
La tortura pierde eficacia rápidamente
El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.
 
No hay niveles de tortura
Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.
 
La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan
Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.
 
La tortura degrada también a las personas que colaboran
Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».
 
La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia
El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.
 
Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable
Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.
 
La tortura daña la causa del torturador
La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.
 

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
 
Muchos torturados son inocentes
Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.
 
La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal
No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.
Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.
Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.
 
Para leer más:
  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.

Presentación de libro

Presentación del libro: La memoria humana: Aportaciones desde la neurociencia cognitiva
Lunes 2 de noviembre de 2015
Lugar: Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
C/ Cuesta de San Vicente, 4
19.00 a 20.30 horas
Entrada libre


Intervendrán:
D. José Manuel Muñoz Vicente, Presidente de la Sección de Psicología Jurídica del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid
D. Miguel A. Álvarez, profesor de neurociencia de la Universidad de La Habana
D. Antonio L. Manzanero, profesor de Psicología de la Memoria de la Universidad Complutense de Madrid.


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La memoria humana: Aportaciones desde la neurociencia cognitiva

Antonio L. Manzanero y Miguel Ángel Álvarez
Madrid: Pirámide, 2015
ISBN: 978-84-368-3440-6

Índice:
Prólogo; 1. Introducción al estudio de la memoria; 2. Fundamentos psicobiológicos de la memoria; 3. Modelos cognitivos de memoria; 4. Sistemas de memoria, procesos de recuperación automática y conciencia; 5. El papel del contexto en la memoria; 6. Emoción y memoria; 7. Déficit y alteración de la memoria: olvido, falsas memorias y amnesias; 8. La memoria autobiográfica; 9. La memoria durante el ciclo vital; 10. Memoria de testigos; Bibliografía